De fiesta con Oscar Wilde

Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde

Dublín, 1854 – París, 1900

Oscar

Una figura que llama claramente la atención es Oscar Wilde, poeta, dramaturgo y escritor inglés -luego irlandés- que fue centro de escándalo en la vida pública inglesa de finales del siglo XIX por su frenética vida de entrega a placeres carnales prohibidos en la moral aristocrática, la práctica del dandismo y la brillantez de sus creaciones literarias.

Me metí de lleno a saber sobre este artista en 1997 a causa de su conocida obra ‘El retrato de Dorian Gray’, en la que un refinado y hermoso joven de la aristocracia desea fervientemente la juventud y belleza eternas, por lo que, como si de un maleficio se tratara, su deseo se ve hecho realidad a través de un retrato que un amigo suyo acaba de realizar. Encerrado en la buhardilla, olvidado de todos, el retrato irá envejeciendo al paso de las décadas, mientras que el joven Gray conservará por siempre su frescura juvenil, entregado a la pasión desenfrenada, la lujuria… quizá un atisbo interior de lo que Wilde fuera en vida y no pudo ser por más tiempo.

Este es el tráiler de la última adaptación a cine de la novela, en 2009, protagonizada por Ben Barnes (‘Las Crónicas de Narnia: El príncipe Caspian’).

Amante del esteticismo, la simple belleza por encima de todo, la superficial contemplación de lo hermoso en contra de lo feo, Wilde, de gran estatura y apariencia fuerte, alejado de la imagen de belleza, era asiduo a fiestas de placer masculinas donde se exaltaban los ideales de belleza griegos entre vino y jóvenes efebos, bien vendedores de periódicos, bien de alta alcurnia, o muchachos traídos de lejanas tierras de oriente y áfrica como trofeos y mascotas.

De siempre, en sus círculos aristocráticos y burgueses, fue sabido el ritmo de vida que llevaba, y por ello Wilde se entregó también al puritanismo reinante en su sociedad casándose y teniendo dos hijos, algo que no le alejó de enamorarse perdida y obsesivamente de Lord Alfred Douglas, un niño bien de hermosos rasgos estéticos en los que Wilde veía la perfección de la belleza y en el que se inspiró, probablemente, para el personaje de Dorian Gray.

Oscar_Wilde_Simpsons
Oscar Wilde en ‘Los Simpsons’

Para entrar en conocimiento del autor, aparte de leer alguna biografía, me hice con un libro titulado ‘Cartas a Lord Alfred Douglas’ del escritor y poeta español Luis Antonio de Villena, en el que se reproducen cartas y notas de Oscar Wilde a su joven enamorado, con el que tuvo una relación bastante tempestuosa a raíz del carácter caprichoso e iracundo del joven, y acompañadas notas explicativas para comprender el contexto en el que fueron escritas, tanto social como cultural de la época y personal del ámbito de Wilde.

A continuación, el tráiler de la película de 1997 titulada ‘Wilde’, donde Stephen Fry (‘V de Vendetta’) interpreta increíblemente bien a Wilde -desde el punto de vista del público actual y de lo que sabemos de él- además de estar caracterizado como ningún otro podría. Como Alfred Douglas tenemos a Jude Law. Se trata de una producción que se aleja de lo mundano pero retrata desde lo neutral lo esencial en la vida de Wilde.

Podría parecer, según la imagen que me hice por la lectura de estos libros, que Wilde fuera un personaje público que por el dandismo -una especie de ideal masculino de lo que hoy en día podríamos llamar “payasete”, por su forma llamativa de vestir, diferente al tiempo que extravagante y “sofisticada”, a la más última moda; poses y formas de actuar totalmente refinadas, superficiales, estudiadas, que reflejasen el culmen de lo estético; también sus gustos y formas de hablar… una nueva especie de tribu urbana altamente educada cuya vida se regía por sus propias normas estéticas en todos los ámbitos de su vida- hoy día se le consideraría un “petardo amanerado, superficial y engreído, un snob, pijo, vago, finolis y pedante“.

No hay que confundir estas palabras con lo que pueda pensar de él, puesto que no lo conocí y estamos en sociedades bien diferentes tanto por la distancia cultural como temporal. Y tampoco juzgo su obra por estos motivos, todo lo contrario. A pesar de que el esteticismo, en resumidas cuentas, es el cultivo de la belleza por la belleza, que puede resultar tan superficial como es la contemplación de lo no perfecto con horror, en sus obras también había otros motivos y contenidos.

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En ‘El retrato de Dorian Gray’ plasma la degeneración del alma humana que se lanza a la vida placentera y vacía, y se va deformando con el paso del tiempo hasta alcanzar la horrible imagen del mal; en sus obras de teatro ‘Un Marido Ideal’, ‘El abanico de Lady Windermere’ y otras, refleja en clave de humor el costumbrismo de la aristocracia inglesa de su época, los enredos familiares, los códigos morales y de conducta, todo ello salpicado de ingenio y atrevimiento. Porque Wilde no se callaba una. Si tenía que critricar, lo hacía. Muestra de ello son las provocaciones al padre de Lord Douglas, marqués de Queensberry, que terminó por enviarle a la cárcel por sodomía y arruinarle la vida antes de salir en libertad.

Si hay una obra que me cautivó realmente es ‘El retrato de Dorian Gray’ y después sus obras de teatro, que hay que entender desde el punto de vista cultural de su tiempo. No pasan desapercibidos sus cuentos, de bellos mensajes morales, ternura y justicia -Wilde no era solo un monstruo dedicado solo a la vida mundana del sexo y la belleza-: ‘El Niño Estrella’, ‘El Ruiseñor y la Rosa’, ‘El Príncipe Feliz’, ‘El Gigante Egoísta’, ‘El crimen de Lord Arthur Saville’, ‘El Fantasma de Canterville’

Cartel de la obra teatral 'Salomé'
Cartel de la obra teatral ‘Salomé’

Realmente las primeras lecturas y conocimiento de Oscar Wilde me inspiraron para esos poemas que yacen guardados en el más recóndito escondrijo, con los que sazoné mi primer amor y derroché toda la necesidad arrebatadora de escribir en aquellos momentos de inmadurez tanto literaria como sentimental, pero de los que guardo grato recuerdo.

Y debo admitir la belleza de las obras de Wilde, sin embargo no soy partidario del esteticismo. Pero para eso está, quizá. Pienso y siento que también el esteticismo tiene algo de belleza singular, nada superficial, y probablemente Wilde lo sabía.

 

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