Aquellos mis profesores de literatura

Unos fueron buenos profesores, otros, sin ánimos de ofender, no podían llamarse maestros. El caso es que todos me influyeron. Sus gustos, sus palabras, sus enseñanzas más allá del temario. Me acuerdo de todos vosotros.

Reconozco que me llevó diez años hacer Bachillerato, y ni siquiera acabé COU, pero el desfile de maestros ha sido de lo más variopinto. Como ya he dicho en alguna ocasión, de pequeño no paraba de leer: cuentos, tebeos, diccionarios y enciclopedias. Era, aparte de mis coches, mis Tente y mis Lego, lo que más me gustaba hacer.

Empezando BUP me tocó un profesor de Literatura que en lugar de dar clase daba pena. Era la clase para dormir. Sigo pensando si de verdad ese hombre se lo tomaba en serio. No aprendí nada, tampoco despertó en mí algo que llamara mi atención. Eso sí, ojeaba el libro muy a menudo. Pero no fue suficiente para hacerme olvidar su coletilla más espantosa. Pude contar en varias ocasiones que repetía su “¿Eh?” más de cien veces en 45 o 50 minutos de clase. Si ahora me lo encontrase y me reconociera, le preguntaría si ha traumatizado a más alumnos todos estos años.

el señor de las moscas william goldingEn mis primeros años de Bachillerato conocí a Mihura, a Delibes, la Celestina y varios clásicos, pero sin mucho éxito. Una profesora de Literatura en clases de recuperación -sí, las clases de apoyo por mis suspensos eran lo normal cada curso- nos mandó ‘El Señor de las Moscas’, de William Golding, novela que me marcó. Y la última profesora en mi primer ciclo de BUP que tuve era fan del siglo de Oro español.

Pero en mi segunda temporada, cuando cambié de instituto, la categoría de los maestros superó mis espectativas. Me tocó un profesor escritor, alma de poeta, amante de las letras, fervoroso amante de la literatura española. Fue amor a primera vista. Nos llevó de la mano de Bécquer y Cervantes. Su método hablaba por sí mismo: debates y ejercicios prácticos de verdad. Su pasión literaria era contagiosa, y yo, que tenía ya el virus dentro de mí, caí enfermo con los primeros síntomas.

Nos hablaba en clave de amigo sin pretensiones, con naturalidad. Bromeaba, contaba anécdotas. Las que más recuerdo sobre todo son: “¿Por quién nos enteramos que ha llegado la Primavera? ¡Por El Corte Inglés!”, o “¿No sabéis qué son los buñuelos de viento? ¿Cómo puede ser?”. Criticaba las telenovelas y las novelas rosas. Todo lo que hiciera llorar de pena “es basura”, decía.

Organizaba recitales de poesía. Los libros de texto que usábamos para la asignatura estaban redactados por él. Recuerdo algunos trabajos que nos mandaba, como escribir una leyenda. La mía le gustó y me puso buena nota. Era un ejercicio para “imitar” a Bécquer, que desde entonces es uno de mis favoritos. Pero no me devolvió el trabajo a pesar de que estuve pidiéndoselo mucho tiempo. Suerte que aún guardo el borrador. ¡Solo espero que no me haya plagiado!

Gracias a este señor conocí ‘Las Aventuras del Capitán Alatriste’, y me declaré admirador de las obras de Pérez-Reverte, con las que a día de hoy sigo disfrutando de buenas lecturas. Un día me regaló una edición de algunos de sus poemas, que todavía conservo. Era un pliego de unas pocas páginas. De lo que estoy seguro es que no lo he querido regalar ni en algún momento de debilidad. ¡Ni por algún arrebato de amor!

alatriste perez-reverteLa siguiente y última profesora de Literatura en BUP también se merece un aprobado, aunque era un poco radical. Un día reconoció que su pasión era el siglo de Oro ante todo. Nos mandó leer ‘Nada’ y ‘La sonrisa etrusca’ entre otros. Pero pienso que era muy intransigente con otras manifestaciones literarias. Un par de veces quise hablar con ella de los “lieder”, breves poemas más propios de territorios germánicos y pertenecientes en su mayoría al Romanticismo decimonónico, que eran convertidos en canciones. Creo que torcía el morro cuando me decía que no veía ninguna belleza literaria en ellos. 

No me pareció correcto que se expresara así, estaba claro que no le gustaban, pero tanto como para negar su calidad artística… pero no fue la única vez. En otra ocasión le dejé un libro, obra de una alcaldesa de un pueblo murciano que representaba, en formato teatro, una de las leyendas históricas del pueblo. Me lo devolvió con el mismo argumento. Dejé de intentar entablar conversación con ella. Me quedó claro que su postura no albergaba un criterio justo de la literatura universal. Menos mal que no se me ocurrió hablar con ella del haiku japonés. Me habría suspendido seguro.

Una anécdota que tuve con esta profesora fue que un día le dejé una cinta de video donde había grabado un programa documental sobre Federico García Lorca, para que se pudiera proyectar en clase. Se alegró muchísimo y me quedó agradecida por el gesto. Cuando me lo devolvió -también lo vio en su casa, con su familia-, había comprobado que el documental estaba grabado sobre una película, ‘Tomates verdes fritos’. Estaba disgustada, su familia quedó presa de la decepción por tal fechoría. Le dije la verdad: tenía esa película en otra cinta original y grabé sobre esa cinta por dos razones. Una, porque la calidad era pésima, ya que se trataba de un obsequio de un producto comercial. La otra razón, porque me la la sonrisa etrusca jose luis sampedrodio una persona a la que no tenía mucha estima. Además, esa película es una de mis favoritas. En seguida se le pasó el disgusto y todo quedó en un susto -¡también para mí!-.

Estos son, principalmente, los profesores que han intervenido, junto con otras personas y hechos, en mi moldeable y aún permanente gusto por la literatura. Como precedente nombrar a una maestra, cuando yo tenía seis o siete años, que recibía con ilusión y elogios los cuentos que escribía a esa edad, adaptaciones de clásicos acompañados de dibujos, y que me animaba seguir haciéndolo, como si ella supiera lo que había de llegar. Yo, que nunca soltaba un libro, un diccionario, un cómic… todo lo que tuviera letras impresas guardaba en mí una admiración que hacía de mi estómago una jaula de grillos.

 

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