Un ministerio del tiempo llamado ‘El Fin de la Eternidad’ de Isaac Asimov

Screenshot_2016-07-18-19-45-20En unos tweets a Javier Olivares, uno de los creadores y guionistas de la famosa y ya clásica serie española de TV, ‘El Ministerio del Tiempo’, se le comentó que una de las influencias a la hora de dar forma al Ministerio del Tiempo fue la novela de Asimov ‘El Fin de la Eternidad’. A lo que él respondió que más bien fue ‘Las Puertas de Anubis’, de Tim Powers.

Ya completada la lectura de ‘El Fin de la Eternidad’ en tan solo unos pocos días, no me cabe duda de las similitudes -solo eso, similitudes- entre las dos realidades de estas dos obras: una escrita, la otra de acción real. Toda gran obra está inspirada en otra también grande, y no por ello es mejor o peor.

Pero en esta ocasión estamos con una excelente y apasionante novela de Asimov, a su estilo, el de la década de los 50, cuando sus libros eran más bien cortos y precisos. ‘El Fin de la Eternidad’ nos habla de una entidad secreta llamada La Eternidad que funciona como un gran conglomerado de especialistas y agentes que velan porque la Historia de la Humanidad tenga sus mejores resultados a lo largo de siglos y siglos de existencia. Estos agentes, distribuidos por los distintos siglos y oficinas de La Eternidad, están especializados en diversas tareas que, unidas a modo de cadena, logran resolver y ejecutar correctamente los cambios en la Realidad para el fin deseado.

Entre todo esto tenemos al protagonista, Andrew Harlan, un Ejecutor de La Eternidad, que se ve envuelto en una trama organizada que le dejará sin aliento, así como a los lectores que se aventuren con este libro. El amor, la traición y el orgullo forman parte de un círculo que podría llevar a La Eternidad a su continuidad o su destrucción.

Símbolo del infinito
Símbolo del infinito

El modo de tratar los viajes en el tiempo queda bastante clara. Una cabina que ni se mueve ni desaparece envuelve al pasajero hasta la cabina del siglo deseado, en el momento programado. Estas cabinas se ubican siempre en oficinas de La Eternidad. Llegado cierto punto de la narración se especula con importantes teorías, como es, por ejemplo, “el hombre que se encuentra a sí mismo”, las ramificaciones temporales creadas por cada cambio, los cambios lentos que conllevan siglos o los que surten efecto de inmediato…

En cuanto al estilo narrativo, el típico de Asimov que tanto me gusta, como he dicho más arriba: preciso y descriptivo. No deja de sorprenderme cierta licencia que siempre se ha tomado el autor con hechos y objetos que coinciden en sus novelas, tengan o no relación entre sí, sean del tiempo futuro que sean. Por ejemplo, en ‘El Fin de la Eternidad’ volvemos a encontrarnos con los cigarrillos. Pese al paso de los siglos, cientos, miles de ellos, el acto de fumar sigue produciéndose. Aunque en esta ocasión podríamos tener una excusa que no se cuenta, pues La Eternidad comercia con materias e inventos entre los diferentes momentos temporales de la Historia humana, así que los cigarrillos del Programador Jefe bien podrían ser importados de un pasado remoto.

Mi edición del libro
Mi edición del libro

Las armas también están presentes en esta historia, y de nuevo nos topamos con las pistolas desintegradoras y los látigos neurónicos, tan usados por Asimov en sus sagas de Robots, Imperio y Fundación. La tecnología usada por La Eternidad no ofrece originalidad alguna, ya que -y es algo que lamento en ocasiones- Asimov no es capaz de asimilar una tecnología más avanzada que la de su época, la década de los cincuenta. Pese al avance en los siglos, parece que la información sigue moviéndose en microfilmes y archivos de tarjetas taladradas que se traducen en lectoras.

No quiero ponerme duro con Asimov, puesto que hasta la década de los ochenta no comienza a preveer ciertos adelantos tecnológicos y científicos. Aún le quedan treinta años. Por lo pronto, el joven Asimov, usa el término de energía pura para los materiales de construcción y elaboración de artículos y objetos de esta novela.

Otra constante en las novelas de Asimov es la introducción de la Sociología, con la figura de un sociólogo, cuya tarea y disciplina intervienen activamente en el desarrollo de esta historia. Ya sabemos que esta ciencia cobró gran importancia, sobre todo en Norteamérica, durante gran parte del siglo XX. 

Llegados a este punto, ‘El Fin de la Eternidad’ podría tener una conexión directa con nuestra realidad y con la saga asimoviana por excelencia. Decir más sería destruir una sorpresa que precisamente remata la historia.

Seguimos con los tópicos asimovianos: la añoranza por el pasado y la importancia de la Historia como medio de conocimiento, si no como alternativa para la clave del problema. Ya no es el hecho de que los personajes se muevan en el tiempo a través de los siglos, es que la mirada al pasado permanece constante en la narración. Con esto Asimov nos da a entender la fuerza del saber, que la Humanidad acumula en sus genes la memoria histórica y se crea a partir de ella, renovándose y evolucionando gracias a su eterna presencia.

Viajes en el tiempo. Fuente: desconocida
Viajes en el tiempo. Fuente: desconocida

Asimov ya había utilizado el artificio de los viajes en el tiempo en su novela ‘Un Guijarro en el Cielo’ (1950), donde el protagonista, Joseph Schwartz, a causa de un fenómeno fortuito, se ve transportado de pronto desde el siglo XX a varios milenios en el futuro, aunque el peso de este viaje es menor en la narración.

La narración no queda exenta de esencia humanitaria y respeto a la naturaleza, al libre acontecer de los hechos que día a día, siglo a siglo, escriben la Historia, condenando cualquier tipo de intromisión en el transcurrir natural del tiempo. Entre giros inesperados, realidades alternativas, elecciones insospechadas y viajes temporales, ‘El Fin de la Eternidad’ encierra en su título mucho más de lo que cuenta el libro: a una realidad más sorprendente e inesperada.

BIBLIOGRAFÍA

‘El Fin de la Eternidad’, Isaac Asimov (1955).

Título original: ‘The End of Ethernity’.

Ediciones Orbis, S. A. Biblioteca de Ciencia Ficción nº1. Edición de 1985.

272 páginas.

Traducción de Fritz Sengespeck.

ISBN: 84-7634-035-4

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