‘Plañideras del Tiempo’. Por Marcos A. Palacios

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PLAÑIDERAS DEL TIEMPO

Por Marcos A. Palacios

PRÓLOGO

Era de noche toda la vida. Del cielo caían las estrellas como una lluvia de luciérnagas que se desprendían hasta el infinito mar de la tierra. Ese mar era insólito como la oscuridad que nunca se iba. Igual que los astros palpitan en el Universo sobre nuestras cabezas, así el agua marina refulgía intermitente, suave y cálida. No había más luz que la luz del mar. Su fondo, aún sin descubrir, guardaba un secreto deslumbrante.

Nunca me inspiró temor ese planeta. Al contrario, el silencio auguraba una tranquilidad que consumía mis preocupaciones. Tanta paz albergaba solo felicidad, como una droga absurda que durante algunas horas te invita a un viaje alucinante alrededor de la mente. El color que la oscuridad otorgaba a todas las cosas parecía volverlas eternas y en lontananza, ocultas en un paraíso casi imperceptible para los sentidos.

Ningún ruido salvo las olas en la costa podía romper la armonía entre las fuerzas naturales. Y ese rumor… a veces como un gorjeo, otras silbante como el viento, a menudo como un canto de sirenas que resonaba a través de la atmósfera límpida. Parecía como si el tiempo… sencillamente no existiera.

I.

No me alejaba demasiado de la nave. Más bien, procuraba que quedara a la vista allá donde fuera. A mi alrededor, las llanuras dejaban ver, tierra adentro, el desierto de arena al este y los bosques al oeste. Nada interesante podría haber allí, salvo la naturaleza exótica que pintaba maravillosas escenas por donde mirase. Gracias a la luz del mar iba a conseguir un buen reportaje para el trabajo de graduación. ¡Un planeta sin estrella! Oscuro como la pez y al tiempo bello, singular. Tras mi paso por Thalasilios —así bauticé al planeta— concluirían mis estudios. Poseía un departamento auxiliar al hogar familiar en el que instalaría mi laboratorio de imagen: un trabajo bien remunerado que atraía la atención de coleccionistas de planetas. Gente que en su vida no pensaba pisar una nave, ni siquiera para ver las lunas un poco de cerca. Esos anticuados y cobardes oligarcas pagaban casi una fortuna por competir en obras de arte. Mi arte. Mis descubrimientos. Mi profesión relegada al summum de la hipocresía de los ambiguos amantes de lo desconocido. Una ciencia que a pocos interesaba ya y cuyo único valor era el de presumir.

Tras unas pocas horas —según el horario de la Tierra— volví a casa con todo el equipo de micros, películas y fotoglifos. Un débil silbido irrumpió abrumándome los oídos, que rechinaban hasta después de llegar al departamento de imagen, pasando a calmarse y, finalmente, con un lánguido suspiro, se desvaneció.

Al día siguiente casi tenía todo el proyecto acabado. Los fotoglifos eran lo más difícil y lo más caro. El señor Verdaner, dueño de una importante discográfica, era el cliente más potencial que tenía en aquella época, un enamorado de los fotoglifos. Tras el boom de los comerciantes de arte y la decadencia de la cultura científica, se desarrolló una forma nueva de fotografía. Consistía en placas plastificadas en las que el calor convertía en relieve las formas y colores de la imagen capturada por la cámara. Su valor aumentaba en tanto que las placas fuesen más o menos pesadas, y además empleaban varias horas en tomar el relieve de la imagen capturada en el dispositivo de almacenamiento. El proceso del glifo comenzaba en el mismo momento de la captura de imagen. Los micros, sistema de audio que permitía conjugar varios sonidos naturales y conformar uno nuevo y desconocido, único e irrepetible, no eran del interés de Verdaner.

Mis estudios se especializaban en este arte, mitad ciencia, mitad ocio, y en parte trabajo para mi sustento. Éramos pocos los que en la Tierra elegíamos esta modalidad de vida. Se requería bastante precisión, espíritu de aventura, buen gusto y aptitudes para el plano artístico.

Auden entró corriendo a mi estudio, sin llamar, casi exasperado por las prisas y no poco preocupado. Sudaba. Su expresión malhumorada de siempre había desaparecido. Tenía mi edad y este año también se graduaba. No se había afeitado en varios días, lo que le daba un aspecto más maduro de lo habitual. Aunque más bien se caracterizaba por su poca templanza. Sus rizos oscuros brillaban por la humedad del sudor.

—La próxima vez que vayas a tardar tanto en volver, avisa —gruñó.

—¿Unas horas te parece tanto? —espeté sorprendido.

—Dos días. ¿O has estado estudiando musarañas? Tampoco te han llegado mis mensajes, por lo que veo. ¿No había cobertura en ese planeta? —preguntó insistente.

Me levanté impaciente. Fueron unas horas nada más. El reloj de la nave lo indicó y apenas estuve trabajando. Pasé más tiempo contemplando los paisajes y escuchando el silencio de aquellos parajes.

—Se habrá roto el reloj de la nave. Además, cuando me concentro en mi trabajo, ya sabes cómo soy —contesté volviéndome a sentar. Me encontraba guardando los fotoglifos que previamente había envuelto para colocarlos en cajas y transportarlos a la exposición.

—Bueno, a lo que venía. La hija de Verdaner estará en la exposición.

—¿La cantante? ¿Sherana? —pregunté, sin prestar demasiada atención.

—La misma. ¿No tienes curiosidad? —comentó Auden.

—Una niña rica que canta, como tantas otras, canciones insulsas… creo que no —contesté, estoico.

—Bueno, es igual. Tengo la furgoneta preparada. Esta noche romperás. Estará el consejo de la Universidad para valorar los trabajos. Y ese canalla de Verdaner mirará tus obras de arte como si fueran ratas de laboratorio —el tono de Auden era bastante burlón—. Elegirá una de ellas, la criticará, rodeado del resto de sus amigotes, te llamará, te dará dos golpecitos en la espalda y exclamará: “Joven, enhorabuena. Acaba de otorgarme ser la envidia de todos mis competidores en la industria y usted se ha ganado la graduación con matrícula de honor”— Auden gesticulaba mofándose del empresario.

II.

El momento en que se acercaba Verdaner no pudo ser más incómodo. Ahora era yo el que sudaba. El traje de ceremonia me apretaba todo el cuerpo. Estaba solo junto a mis obras, pues mi familia y amigos habían pasado a la sala del aperitivo. Alcanzaba a escuchar el murmullo de la música. Resultaba irritante toda esa ceremonia tan fría y distante de mi forma de ser. Cursé los estudios por afán de conocimiento y trabajo, la finalidad de mi existencia. Lo que rodeaba a toda esa parafernalia social parecía fútil y condenado al olvido.

Verdaner me estaba dando la mano cuando desperté de las profundidades de mi inquieta mente. Tras las presentaciones, me felicitó y comenzó su ritual de alabanzas a mi obra. El consejo de la Universidad se acercó entonces con mi título en la mano. Minutos después comenzaría la ceremonia de nombramientos mientras Verdaner buscaba en la nada detrás de él, hacia lo lejos, rodeando un pilar de la sala. Distraído y casi enojado, frunció el ceño.

—¿Dónde diablos está mi hija? —gritó confuso. Y se alejó sin prestarme atención.

En la sala reinó el silencio. Los ecos quedaron mudos y escuchaba los latidos de mi corazón. El ritmo marcaba una pauta. ¿Nervios? ¿Desesperación? Me daba igual. Cerré los ojos y un suspiro invadió mis nervios auditivos. Una música familiar, gemidos dulces desconocidos, carrusel de viento y ráfagas sibilantes. Los cánticos ondeaban en mi mente y tocaron mi hombro como queriéndome llevar lejos, elevado al cielo oscuro de Thalasilios o envuelto en un abrazo de anestésica eternidad.  Una voz de mujer retumbando pertinaz trataba de enviarme al infinito mar del placer. Su imagen se prestaba a la de una divinidad cuando contemplé sus ojos fijados a los míos, los labios entreabiertos, soplando palabras armónicas susceptibles de erotismo. De aquel rostro brotaban cabellos que me atraían hacia su cuerpo, deseable y joven…

—¡Eh! —gritó la joven apartándome con sus manos. Apenas noté la presión. No tenía mucha fuerza.

—Ho… Hola… soy Wram Telmer. Acabo de graduarme —sonó infantil, casi como una excusa ambigua y ridícula. Mis ensoñaciones no eran reales. La muchacha que llamó mi atención sonrió.

—Shey Verdaner. Encantada.

III.

Shey sostenía el cartucho de micro que contenía las grabaciones de audio de Thalasilios. Lo miraba con una mezcla entre curiosidad y admiración. Podría decirse que había descubierto un tesoro espacial.

—Eso es… es mío, ¿no? —pregunté.

—Sí. Lo he tomado un momento —dijo—. Espero que no te importe.

—No. Está bien.

—¿Sabes? Estoy preparando un viaje… pero no un viaje de placer. Quiero que sea un viaje único y acabas de darme un motivo.

—¿Yo? —pregunté sin salir de mi asombro. No conocía de nada a esa muchacha. Todavía resultaba desconocida esa mirada lánguida pero arrebatadora, de grandes ojos. Era hermosa pero no tenía rasgos perfectos. Su nariz caía suavemente desde el entrecejo y una curva inesperada rompía majestuosamente la forma idílica del tabique nasal dando un aspecto aguileño a su rostro. Los labios seguían entreabiertos. Era la postura natural de su boca. Entre ellos asomaban, blancos como diamantes, los incisivos centrales, que contrastaban con el pálido de la piel. Contaría mi edad, unos 25 años, y observé que los pómulos de su rostro, masculinos y pronunciados, otorgaban más rigidez a su expresión.

—Mira, Wram. Me aburría y entré al almacén. Allí quedan muchas cosas que no son expuestas y a menudo me entretengo viéndolas. Por casualidad he encontrado tu micro y he quedado asombrada. Más que por el sonido que puede escucharse, por sus efectos ofuscantes. Mi padre me ha estado buscando casi una hora desde que llegué. Como si me hubiera dormido, no me he enterado de nada —al decir estas palabras abría más los ojos. La entonación de su voz dejaba paso a la emoción de la niñez por contemplar algo insólito por primera vez—. Sé que lo has conseguido en un planeta. Quiero saber dónde. Quiero ir.

—Verás, Shey —dije, sin salir de mi asombro—. Quizá estés equivocada. No es un planeta para ir de visita…

—Lo sé. Soy científica —dijo.

¡Científica! Y no se avergonzaba de pronunciar esa palabra. Ni yo mismo me atrevía a insinuar a nadie mis aspiraciones, si algún día conseguía salir del mundo del arte.

—Mi padre lo sabe, tranquilo. Por la cara que has puesto parece que te dé vergüenza ajena escuchar esto —explicó, con una sonrisa de aceptación. Me llevaba ventaja.

—Bueno, sí… no es común que una chica… o cualquier persona hable a alguien de ciencia —dije, con sumo cuidado.

—Verás, no lo escondo. Desde que mi padre me metió en su mundo discográfico me rebelé por completo. No acepto en lo que quiere convertirme.

—De todas formas, no lo haces nada mal.

—¡Desde luego que lo hago mal! —gritó estupefacta—. Sherana es una mentira. No soy yo. Es una doble que ha contratado mi padre para que la gente crea que su hija es una ciudadana más de la Tierra, una musa de la canción, no una maldita intelectual inconformista —al decir esto los alvéolos de su nariz comenzaron a palpitar. Me miró torciendo la boca—. ¿Qué me dices? Quiero ver ese planeta y estudiarlo. Lo que he escuchado en este micro es increíble. Son lamentos.

—¿Eh? —solté, casi avergonzado.

—Muchacho, tus monosílabos te hacen atractivo, pero no te llevarán muy lejos con una mujer.

IV.

Tras el primer salto la Tierra ya no se veía, salvo en la pantalla. El viaje a Thalasilios fue corto. Pese a estar fuera de nuestro Sistema Solar apenas lo alcanzamos en unas dos o tres horas de vuelo. Shey consultaba los mapas en el navegador.

—Extraño. Conozco esta zona pero tu planeta me resulta desconocido —Susurró.

—No tiene sol. Nadie lo habrá observado. Tampoco han puesto mucho empeño en elaborar los mapas de los navegadores —Concluí a modo de respuesta.

—Eso me inquieta. Un planeta sin sol y además con unos lamentos en el aire que erizan la piel y te hipnotizan —Dijo Shey. No quitaba ojo del navegador.

Tras aterrizar y pisar tierra la sensación térmica no era tan cálida. Tenía frío. Thalasilios se presentaba ante mí como un enigma del universo. Rozando el extremo de la galaxia enana de Sagitario e inserta en la Vía Láctea, sus peculiaridades no dejaban de asombrarnos. El nulo interés en la exploración espacial de nuestra época, a pesar de tener los conocimientos y tecnología precisos para ello, hacía estos viajes dignos de ser recordados por la Humanidad. Hacía dos años que comencé a salir al espacio exterior después de recorrer algunos lugares de nuestro Sistema Solar, concretamente los planetas enanos, más fáciles de colonizar por los conglomerados industriales.

Volví la vista y Shey se encontraba mirando al mar. La playa, iluminada por el agua marina, parecía una cubierta de arena verde, una ilusión que se extinguía a medida que te alejabas de la orilla y la arena recobraba su color. Shey se agachó a tocar el agua. Una risa envolvió el aire y el viento comenzó a soplar. Dirigí mi atención al cielo, tras lo cual, mis oídos recibían el ulular de una voz ahogada, acuática y envolvente. Thalasilios estaba desierto. Los efectos que causaba en mi mente humana  parecían mágicos. ¿Contenía la atmósfera algún componente psicotrópico? Las estrellas eran hermosas. Ni la fosforescencia del mar las borraba de su cúpula celestial. Sonreí con impulsos de felicidad repentinos y un éxtasis me arrebataba la voluntad de mantenerme en mi posición hasta que me obligó a andar hacia las olas que rompían con tanto cuidado que parecían estar amando la tierra a la que llegaban. Shey nadaba desnuda. Mis pies, también al descubierto, pisaron el agua fría con tal impresión que devolvieron mis sentidos a la realidad. Multitud de voces poblaron el instante que me mantuve dentro del agua. Me alejé y el llanto musical parecido a un ave me sobrevoló.

—¡Shey! ¡Sal de ahí! —grité con preocupación. Las risas de la muchacha acompañaban al coro de voces que venía de ninguna parte. Rápidamente me lancé al agua tomando la ropa de Shey. Cuando llegué a ella la envolví  y, llevándola a cuestas, la aparté del agua y de la orilla.

—¡Tonto! —gritó sin parar de reír. Me abrazó y me besó. Todo se silenció a nuestro alrededor. La brisa calló en un reproche por el atrevimiento de Shey.

V.

El equipo seguía estando en la nave y, sin embargo no pensaba en utilizarlo. Shey deseaba continuar en el planeta y proseguir las investigaciones. Con mis fotoglifos y micros era imposible obtener información científica precisa, pero lo que ella buscaba era indagar en los lamentos, esos lamentos que gritaban y aullaban en nuestros sentidos y que ya no aguantaba más. Todo era hermoso, el mar, el cielo, la tierra, el bosque… pero un planeta que no aparecía en los navegadores, sin un sol que lo alimentara… mi curiosidad científica comenzaba a advertirme que no era normal. ¿Cómo no lo había visto antes?

-Esto es algo increíble, Wram —dijo Shey. Le lancé una mirada desconfiada. No me atrevía a pronunciar palabra—. Yo me quedo más. Mira, tengo el micro. Lo activé antes de acercarnos a la playa. Voy a tomar más muestras. Volveré las veces que haga falta a Thalasilios.

—No se llama así —contesté en un tono embaucadoramente patético—. Lo bauticé yo mismo.

—¡Vamos! Será un rato más. Vamos a aquella cala. Parece que hay más luz —Shey me agarró del brazo y tiraba torpemente. Sus ropas, ya secas y arrugadas, volvían a tener su consistencia liviana— Es emocionante. Tenemos que descubrir porqué un planeta sin sol emana luz de su mar, conserva la temperatura cálida y posee vegetación. No debe ser fotosintética.

Shey se perdió a lo lejos, corriendo. Me había soltado e, impaciente, se dirigió a la cala. La acompañé apresuradamente.

La fosforescencia en la pequeña poza bajo la cala cegaba la vista. Casi podía, además, tocar físicamente el rumor que sonaba en el aire, cuyos sonidos envolventes me acosaban. Exhalaba mil notas, cientos de compases, innumerables tonos. La roca que circundaba la poza contenía una especie de manto blanco. Este se movía al ritmo de las olas. Observé fijamente y unos ojos espléndidos, muy abiertos, femeninos y extraños, correspondieron mi mirada. Salté de la angustia. Shey, a mi lado, también miraba al agua. Su reflejo me provocó tal ansiedad que una risita burlona se escapó de sus labios. Con mal talante me levanté con tan mala suerte que el descuido y la rabia hicieron que resbalase y mi cuerpo cayera a la poza. El golpe contra el agua no tuvo presión alguna, como si millares de manos cuidaran de que no me hiciese daño al chocar. Escuché hondamente a Shey llamarme y alargar su brazo para mantenerme en la superficie pero yo ya estaba hundiéndome con el impulso de algo invisible. Toqué lo que parecía el cuerpo incandescente de una medusa. Pero las medusas no te miran ni te hablan.

VI.

Algo me envolvió. No me ahogaba y podía respirar, aunque con dificultad. Me miraban fijamente, al tiempo que lloraban y las lágrimas borboteaban en el agua. Todas ellas unidas a un mismo tronco, como algas marinas. No eran humanas, más lo parecían, como en sueños cuando contemplas una sombra negra en la que reconoces a alguien en sus facciones. Observé a través de sus cuerpos translúcidos, que tenían luz propia, cómo sonreían con tristeza. Y una de ellas, siguiendo el baile de la corriente marina, me habló.

—¿El tiempo se acaba? —preguntó. Yo no entendía a qué se refería.

—El tiempo pasa, simplemente —respondí.

Me miró con indiferencia,  rompiendo a llorar.

—Entonces, el tiempo pasa, y se acaba —respondió entre sollozos. Las demás explotaron en un aullido de desdicha que hizo temblar el agua. Eran los lamentos del viento de Thalasilios, los silbidos que me consternaban. Su música inquieta sonaba melódica, armoniosamente agridulce—. Veo tus células envejecer —continuó hablando. Ignoraba cómo lo hacía. No movía los labios, si es que tenía. Era como si mentalmente sus pensamientos sonaran en los míos.

>>Podemos ralentizar el tiempo. Pero cada momento que pasa, es tiempo perdido. El Universo es tiempo y espacio. No podemos ir contra natura. Pero sí podemos hacer que se dilate hasta el infinito. Si no existiera el tiempo, no habría movimiento. No estaría hablándote, no me escucharías, no estaríamos aquí. Nadie. Deseamos existir eternamente pero llegará el día en que la extinción nos devorará. El tiempo tiene que pasar. Es inevitable.

Cada vez sufría más. El rostro plano y fantasmagórico, que me hablaba se contorneaba de arrugas desgarradoras. Lágrimas como chispas surgían de sus ojos casi anfibios. Éstas formaban destellos al fundirse en el agua. Las demás figuras se balanceaban agitando lo que parecían brazos, alzados sobre sus cuerpos, como implorando perdón a la diosa de la superficie. Una diosa inexistente.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunté, con algo más de confianza—. Thalasilios no tiene sol. ¿Cómo vivís?

—¿Nos llamas Thalasilios? —respondió, con tono incrédulo—. Somos Thalasilios.

>>En el momento en que tomamos conciencia crecimos. Somos la sal del espacio. Siempre estuvimos aquí y en todas partes. Las corrientes del espacio nos lanzan a cualquier parte. Vagamos solas huyendo del tiempo, el que mata. El día del fin nos apagaremos y el mar se fundirá con la tierra, las rocas y los árboles. Todo somos uno. Tus caricias nos halagan cuando andas sobre la arena. Nuestra piel respira en el follaje del bosque. Nos besas si nadas en nuestras aguas.

—¿No es un planeta? ¿No sois un mundo? —pregunté, perdido ante las palabras de aquel ser.

—Somos el tiempo detenido. Vivimos para morir. Y detenemos el tiempo para vivir. Aunque eso dejará de ser un día…—y su rostro volvió a contraerse de aflicción y a llorar. Sus hermanas, sus extensiones, al unísono, plañían desconsoladas. Recordar el tiempo las hacía sufrir en un remolino de ingente calvario.

—Quiero salir. Dejadme ir… —rogué, pese a no sentir temor ni desesperación. Necesitaba aire, a Shey.

—Puedes quedarte aquí. Serás eterno —susurraban—. Cuanto más te alejes de aquí, el tiempo más te perseguirá hasta el fin de tus días. Tú, ser viviente, ser como Thalasilios, quédate…—sus brazos me invitaban a un abrazo pero la idea me estremeció y forcé por salir a la superficie. Sin oponer resistencia, me soltaron y dieron impulso.

VI.

Al contacto con el viento supe que por fin me hallaba en la superficie de la poza. Salí del agua mientras mis extremidades se encontraban todavía fuertes y encontré consuelo en la tibieza del aire. El regusto marino continuaba en mi boca. Mirando atrás el fulgor del mar había menguado. Encontré a Shey dormida a unos metros de la cala; la desperté a duras penas. Tenía los labios cortados, la piel pálida y tensa. Bajo sus bellos ojos se habían formado tiernamente dos bolsas moradas. En el instante de abrir los ojos, sus pupilas reflejaban el cansancio y la irritación del sufrimiento. Me abrazó, casi no podía moverse.

—No quería irme sin ti. Si estabas muerto, tenías que flotar —musitó. Parecía estar contándome una historia que no iba con ninguno de los dos—. Entonces te recogería y volvería en la nave sin saber qué decir ni qué contar.

—He salido en cuanto he podido. Vámonos. Te lo contaré todo —dije.

—¡Nadie sobrevive tantos días bajo el agua! —gritó, furiosa, incorporándose súbitamente.

Sin saber cómo, comencé a entender las palabras de esos seres extraños. Si eran reales, si no había sido un sueño absurdo, esas formas semi humanas ralentizaban el tiempo a su antojo, y cuanto más cerca de ellas estuvieses, parecía como si te olvidaras por completo de él. ¿Cuánto tiempo habría pasado en la Tierra? Mi corazón se aceleró por el temor ante la posible respuesta. Alcé como pude a Shey. La deshidratación la había dejado exhausta, no solo la pena de perderme. Ahora no aparentaba tanta fortaleza; la masa de su cuerpo disminuyó a causa de la inanición.

Ya dispuestos en la nave, tras el primer contacto comprobé que apenas quedaba energía. Los días que pasé sumergido agotaron el suministro, por lo que no había suficiente para un salto, el único salto que nos llevaría a casa. A miles de años luz de nuestro hogar la única oportunidad de regresar se había esfumado del modo más absurdo. Pero no era imposible: si la nave agotaba la energía estando lo suficientemente cerca de la Tierra, podíamos emitir una señal de socorro con la baliza de emergencia. La baliza era un artefacto automático, un trasto casero herencia de una época analógica ya olvidada.

Con el arrebato de la esperanza emprendí el ascenso y salimos de Thalasilios. No era un lugar hostil y sin embargo no deseé volver a verlo. Shey miraba con reproche por el cristal de la cabina hacia la masa incandescente que era el planeta. Le acaricié los cabellos para calmarla. Ella se giró y, sonriendo, me pidió agua. Había algunas botellas de agua y refrescos, también comida. Y no fue capaz, en mi ausencia, de utilizarlas. Tras dar algunos tragos reposó su cabeza en el asiento y se abandonó al sueño.

Programé el navegador para volver a casa cuando mi mayor sorpresa fue que el mapa de situación no correspondía al inicial. Después de introducir las coordenadas de salida el navegador no hacía más que dar error. Eso solo podía significar una cosa: que no nos hallábamos en el punto al que llegamos. Pero era imposible. Miré fuera de la cabina y el planeta seguía allí. ¡Teníamos que estar en la galaxia enana de Sagitario! El navegador no lo aceptaba. Busqué, pues, la situación actual. La base de datos no emitía resultado alguno. Podría ser que se estropeara, pero sin motivo aparente no debía suceder algo así. Demasiadas contrariedades técnicas. Al fin el sonido del navegador arrojó un resultado a la pantalla. Las coordenadas de salida no correspondían a ninguna del mapa estelar conocido cuando las introduje en el programa de salida. Por lo tanto, nos hallábamos fuera de la zona conocida por los humanos. Pero, ¿cuán lejos de nuestros límites?

VII.

—La cuestión no es dónde —dijo Shey—. Sino cuándo.

Shey recuperó las fuerzas a las pocas horas de embarcar en la nave. Durmió un poco y su imponente carácter la despabiló.

—Si lo que me has contado es tal cual te lo explicaron esos seres —continuó— es muy posible que el tiempo haya pasado mucho más lento de lo que creíamos. Por muy ofuscado que te sientas y no recuerdes todo a la perfección, lo que sabemos es lo básico: estirando y ralentizando el tiempo consiguen vivir casi eternamente.

—Ten en cuenta —repliqué— que el mapa nos sitúa más allá del límite conocido de la galaxia, por lo que es más probable que Thalasilios se haya movido. El cuándo no es tan importante. Pueden haber transcurrido días en el exterior. Recuerda —y mi voz, por algún motivo estúpido, adquirió preponderancia— que la primera vez que estuve aquí fue durante unas horas. Al volver habían pasado dos días.

—Y tres días que permanecí prácticamente desmayada —el rostro de Shey no variaba. Tenía toda la razón.

—¿Cómo lo sabes? Ni siquiera te acercaste a la nave y en Thalasilios no hay sol, y aunque lo hubiera, los días no… —Shey interrumpió mis palabras no con su voz llena de sabiduría, sino con su muñeca mostrándome el reloj—. De acuerdo. Pero sigo pensando que en proporción no habrán pasado más que unas semanas en la Tierra, como mucho un mes.

Dejó de escucharme para centrar toda su atención a lo que había tras el cristal de la cabina. Thalasilios no solo recuperó el fulgor de su mar, sino que esta vez radiaba con mucha más violencia. Los llantos de las plañideras atravesaron el silencio del espacio, o puede que lo que escuchábamos llegara a nuestra mente proyectado por la conexión con esos seres atemporales. Súbitamente, la energía de la nave sufrió un pico de desgaste. Miré a Shey y coincidimos en consultar la aplicación de la energía de la nave. Observamos varios picos de desgaste de energía. Los mayores coincidían, según las fechas del navegador, con los días que permanecí bajo el agua en contacto con las thalasilesas.

—Aquí hay un dato revelador, Wram. ¿Te dijeron esas mujeres que ellas eran el planeta? —Shey parecía apasionadamente sorprendida.

—Sí. Es decir, ni siquiera es un planeta. Es un organismo vivo —contesté.

—Lo que está claro es que cuanto más estallan sus lamentos más energía consumen. Tanto la eléctrica como la solar. La nave ha quedado prácticamente inútil. Las baterías indican…

—¡Espera! —esta vez fui yo mismo quien la interrumpió. No era para menos—. Aumentaré el gráfico de la energía. Así. ¿Lo ves?

Entre los picos de pérdida de energía, se hallaban otros de recarga, tímidos y casi imperceptibles. La solución se hallaba en el problema. Al tratarse de un organismo, Thalasilios contenía tanto electromagnetismo que era capaz de consumir la energía pero también de emitirla. ¿Sería posible volver para poder recargar la nave?

—En todo caso —expliqué—, hay que evitar por todos los medios volver a tener contacto con esos seres. Está claro que, pese a encontrarse en permanente sollozo por el paso del tiempo, lo que más les duele, es recordarlo. Yo les hice aumentar su dolor, por tanto, si no saben que estamos allí, se mantendrán tranquilas.

>>No obstante, la recarga de energía podría ser muy lenta. Y ya no es suficiente con la mitad de su capacidad, puesto que nos encontramos mucho más lejos de la Tierra. Habrá que esperar. Lo que nos lleva a otra cuestión: en la Tierra habrá pasado mucho más tiempo. Parece que esto es un bucle interminable, pero si queremos volver, habrá que arriesgarse —Shey iba a pronunciar algo pero no se lo permití.

>>Existe otra cuestión. Mientras hacemos esto, Thalasilios podría desplazarse de donde está ahora. Es como una burbuja a merced del viento. Esas corrientes del espacio de las que me hablaron las plañideras no pueden ser reales. Científicamente no existen corrientes en el Universo, sean de la naturaleza que sean.

El silencio aumentó debido a la insólita expresión de Shey mientras hablaba. De pronto se acercó a mí, a mi rostro, lentamente. Rehuí pensando en que podría estar enfadada. Acarició mis labios con su dedo índice.

—Calla. Acabas de romperme el corazón —dijo. Y me besó.

VIII.

Las siguientes horas fueron tensas. Lo único que teníamos que hacer era permanecer en la superficie de Thalasilios quietos. Las plañideras podían sentir el tacto de la nave, así que decidimos aterrizar algo más lejos de la orilla, próximos a los bosques. Durante el tiempo que permanecimos allí apenas escuchamos los cánticos submarinos. Todo estaba en calma. La quietud intensificó nuestras esperanzas de que la nave recobrara toda su energía.

Fue imposible saber el tiempo que transcurrió. Los relojes de la nave y el de Shey dejaron de funcionar. Únicamente logramos calcularlo mediante el consumo de las provisiones. Día a día el acercamiento mutuo creció, al ritmo que comprobábamos cómo la energía eléctrica de la nave iba en aumento. Nos resistíamos a salir a pesar del hambre y la sed, pues la impaciencia y la desesperación hacían mella en nuestra mente inquieta, herida. Pero la esperanza era más fuerte.

Dormíamos todo el tiempo. ¿Quién sabe si hipnotizados por el murmullo o abstraídos por las risas? ¿Se burlaban de nosotros las mujeres que crecían en el mar?

Sonó la batería. Estaba al cien por cien. A toda potencia nos elevamos deseando que todo quedara en un sueño de mal gusto. Calculé las coordenadas de salida. Thalasilios apenas se había movido de donde estaba, por lo que fácilmente introduje los números que necesitaba y preparé el navegador. Solo harían falta tres saltos. El consumo de la nave daría para otros dos más. Así pues, estaríamos en la Tierra en, aproximadamente, veinticuatro horas, ya que los saltos no podían realizarse uno tras otro. Reíamos solo de pensar en que todo acabaría ahí y pronto volveríamos a nuestras vidas, a nuestro planeta. Nunca sospechamos que echaríamos tanto de menos esa sociedad a la que no le guardábamos estima alguna.

El tercer salto llegó y con él divisamos la Tierra y, delante de ella, en órbita, el satélite principal, la Luna. El otro satélite se encontraba, probablemente, detrás. Pero el navegador no lo registró en el plano. Por su parte, la Tierra, aun siendo la de siempre, tenía un tono verdoso inusual. También había algo extraño en la Luna. Parecía cubierta por una construcción metálica, como una estación espacial, en la mayor parte de su superficie. En cambio, la Luna nunca había sido tocada por la Humanidad. Dos naves despegaron de la Luna y vinieron a nuestro encuentro; mediante la radio nos pidieron los datos de registro para pasar. Shey y yo nos miramos desconcertados. Se trataba de naves que jamás habíamos visto.

EPÍLOGO

Cada día respiro profundo para percibir el perfume de la vegetación. Casi el 80% de la superficie de la Tierra ha sido cubierto por selvas. El porcentaje de mar creció un 7%. En la estación científica, Shey y yo nos dedicamos durante los dos primeros años de nuestra vuelta a la Tierra a investigar el prodigioso efecto de Thalasilios. Habían transcurrido 186 años desde que pisamos juntos aquel planeta viviente. La sociedad y el mundo habían cambiado. La ciencia sufrió un auge que también provocó la salida de la Humanidad a habitar otros planetas fuera y dentro del Sistema Solar y no solo usarlos como terreno industrial, quedando la Tierra como un gran centro de investigación.

Thalasilios no ha vuelto a aparecer en los sondeos aplicados. Las muestras de tierra y agua que albergaban nuestros cuerpos apenas nos permitieron obtener algún avance por saber qué era exactamente ese planeta orgánico-consciente del que, hasta ahora, no hemos vuelto a tener noticias. Pero aún ignoramos cómo podía atrapar el tiempo. Aunque eso es lo que menos nos importa. Las plañideras que lloraban y lamentaban el paso del tiempo nos regalaron la posibilidad de vivir en una sociedad donde la ciencia avanza tan lejos como la extensión de la galaxia.

FIN

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