‘No Ganarás la Guerra’. Por Marcos A. Palacios

no ganarás la guerra


NO GANARÁS LA GUERRA

Por Marcos A. Palacios

Desde la loma más alta contemplaba el bosque infinito de pinos blancos. La Luna llena brillaba tanto que la nieve casi cegaba la borrosa vista de Rüdiger. Miraba a todas partes sin encontrar salida al laberinto de árboles que se extendía como algo imposible, algo soñado. Medio desfallecido bajó de nuevo al cauce del río, pues si seguía su curso, pensó, en algún momento encontraría ciudades o poblados donde poder comer algo. De su memoria surgían velos de inconsciencia que, a ratos, le obligaban a vacilar de su empresa.

El río se estrechó unos metros y los pinos inundaron la orilla, casi como si el agua se convirtiera en vías de ferrocarril dentro de un túnel de vegetación. Rüdiger observó sus manos, callosas y adormecidas. Rápidamente rebuscó en su pecho, debajo de la ropa, y sacó su chapa identificativa. Rüdiger Kähler/Grupo Sanguíneo 0. Mientras recordara quién era existía esperanza de sobrevivir.

Un amago de parálisis lo derribó de lado junto a un tronco, lo que frenó su caída a la espesa nieve. La garganta le carraspeaba incesante, como cuando hacía gárgaras, pero con un sonido inquietantemente lastimero y aterrador. Sufrió varias convulsiones hasta calmarse y respiró hondo. El vaho expulsado de su boca se difuminaba dejando ver, entre los troncos, una luz suave, de candil posiblemente, pues no bailaba como lo hacen las llamas de una hoguera. ¿Quién podría vivir en condiciones ambientales tan hostiles? Pensó que era una pregunta absurda, pues ni él mismo sabía dónde estaba.

Se acercó sigilosamente, como si aún se encontrara en el frente. Camuflado con su uniforme se arrastró hasta situarse a dos metros de la cabaña. Parecía una izbá, muy mal construida pero firme. Le llegaron voces que provenían del interior sin llegar a entender nada, así que afinó el oído tanto como pudo  para lograr comprender las palabras. Era ruso; por lo tanto Leningrado no se hallaba muy lejos, o quizá sí. Daba igual, pero lo extraño era no escuchar cañones ni ver aviones sobrevolando la zona. Podría ser un pueblo alejado de la región, dada la extensión de bosques que cruzaba. Miró por una ventana, con cautela. Había un matrimonio y dos niños. En ese momento, la mujer enviaba a los dos pequeños, niño y niña, a la habitación, posiblemente a acostarse. Rüdiger calculó que no debían ser más de las siete u ocho de la tarde. En apariencia no parecían hostiles, por lo que se dejó caer detrás del tronco de un árbol para descansar y pensar su próximo movimiento.

Despertó con terribles dolores de cabeza. Apenas con fuerza, intentó incorporarse del lecho donde se hallaba. Su cuerpo parecía descansado y, sin embargo, sufría cuando movía las articulaciones.

-Zdravstvujte, továrisch –fue la voz ronca que le habló desde lejos.

Giró la cabeza y contempló el rostro barbudo del hombre de la izbá. Rüdiger, con pleno conocimiento, respondió.

-Ochen pryatna poznakomitsya, vasha mílost –respondió.

-Salta a la vista que usted no es ruso, y que no sabe hablar bien mi idioma –el hombre de la barba ofreció a Rüdiger un recipiente con una bebida caliente-. Beba, no quiero que se muera de frío. Está usted al borde de la hipotermia.

Con todas sus fuerzas, Rüdiger contorsionó los dedos de las manos, pálidos y quejumbrosos, se estiró y agarró el tazón. Bebió sin siquiera oler o tentar el brebaje. Sabía a pan.

-¿Qué es? -preguntó.

Kvas de trigo. Es lo único que le puede mantener caliente. Eso y el fuego –había una hoguera encendida en la chimenea. Rüdiger fue consciente de que el frío había desaparecido de su cuerpo. Ahora se sentía mucho mejor.

-Lleva usted unas ropas extrañas, camarada –afirmó el hombre-. ¿De dónde proviene? ¿Se ha perdido o está huyendo?

La pregunta del desconocido tranquilizó a Rüdiger. Alguien incapaz de reconocer a un soldado alemán en pleno bosque de la Unión Soviética no podía ser enemigo. Barajó la posibilidad de deshacerse de esa familia y esconderse durante unos años allí. Era como ocultarse en el fin del mundo. Sin guerra. Sin hambre. Al fin, habló.

-Vengo de Leningrado. El frío invierno ha quebrado mis tropas. Soy alemán –musitó. El riesgo era muy alto.

-¿Y qué hacía allí un alemán? Ustedes no están acostumbrados a estas temperaturas. ¿Un desertor? –preguntó el hombre.

-Sí –contestó. Ya tenía la prueba-. Mi vida está antes que morir de inanición y frío por mi patria. Creo que llevo días vagando por los bosques. Si vuelvo me ejecutarán. Pero ustedes…

-Tranquilo, továrisch. Dios le protegerá –interrumpió el hombre, suavizando su voz y tocándole el hombro con la palma de la mano–. Descanse. ¿Y dice usted que viene desde Leningrado?

Asombrado por su descubrimiento, Rüdiger no contestó al hombre y miró a su alrededor. Había una cruz cristiana sobre la chimenea y varios iconos de santos repartidas por las maltrechas paredes de la izbá. Había encontrado una familia cristiana, creyente, posiblemente bondadosa y humana. Allí no corría peligro. Ante todo, el hecho de que aparentaban desconocer que Alemania había invadido la Unión Soviética, de que la II Guerra Mundial había devastado media Europa, era garantía de que no sería denunciado.

La mujer entró en el hogar, sola, y miró a su marido. El hombre se levantó. Se miraron con la faz sombría. A Rüdiger no le gustó ese gesto. Quizá la ignorancia que mostraban era fingida. El hombre se volvió a mirarle y sonrió.

-Disculpe nuestros modales. Mi nombre es Anshl Lykov. Esta es mi esposa, Masha –señaló a la mujer, quien hizo un leve movimiento de cabeza que indicaba saludo. Tenía unos treinta años. La cara aparecía sonrosada a la luz de la leña del hogar. Murmuró a su marido algo que parecía una despedida, se persignó con dos dedos –el índice y el corazón- y se marchó a la habitación donde poco antes había entrado con los niños–. Vivimos aquí con nuestros hijos. En esta época apenas salimos. El resto del año cosechamos y elaboramos nuestros alimentos para el invierno. Con treinta grados bajo cero, ahí fuera solo podría sobrevivir un animal. O un demonio.

Pronunció las últimas palabras abriendo los ojos y mostrando los dientes, apretados, para acabar riendo. Rüdiger se sintió amenazado y se inclinó hacia atrás. Continuaba sentado en el lecho. Observaba a Likov, quien cambió su expresión por una más calmada y menos sardónica.

-Ha tenido usted suerte -dijo, de pronto, Likov-. Ahí fuera hay muchos peligros.

-Lo sé. Osos, zorros… tormentas de nieve. El frío… -respondió Rüdiger, en tono importante.

-Peor que eso… -y la boca del hombre quedó entreabierta pese a haber terminado de hablar.

-¿Qué hay peor que la muerte? –preguntó Rüdiger con tono de fastidio.

-¡La no muerte! El Vurdalak –dijo el hombre, acariciándose la barba.

-¿Qué es eso? ¿El infierno ruso?

-Es la no muerte acechando en el bosque. Vampiros de la taiga que se alimentan de nuestra sangre.

-Usted es cristiano. No debería creer en eso –y se incorporó de nuevo, para sentarse en el lecho. Algo le picaba en el cuerpo, abrió la casaca y la camisa a la altura del pecho y su hombro. Contempló las heridas de las batallas. Debido a la falta de higiene se le habían infectado y tenían peor aspecto. Pero daba gracias de que no gangrenaron por el terrible frío.

El soldado miró al hombre con el rostro descompuesto. Estaba loco, sin duda, y aunque no parecía peligroso, no confiaba en su suerte. Perdido en un bosque desconocido, con una familia campesina, sin recursos, aislados de toda señal de civilización. El corazón se le detuvo, o eso creyó Rüdiger, faltándole el aire. Perdida la vista, se tumbó en el lecho y poco a poco iba perdiendo la consciencia, mientras el hombre le espetaba palabras ininteligibles. Apenas podía oír.

-Por… favor… quiero irme –Rüdiger deliraba para sus adentros. Repentinamente agitó la cabeza como aguzado por un intenso dolor y arrojó un suspiro. En aquel momento sintió recuperar sus sentidos–. Dígame, Likov, si esto no es peor que la muerte…

-Antes ha dicho que venía de Leningrado. ¿Qué hacía allí? -la curiosidad del hombre hizo que insistiera en sus preguntas.

-La Guerra. ¿Acaso no vive usted en este planeta? –Rüdiger estaba casi enfurecido. Qué hombre tan ignorante. Pero un hombre al fin y al cabo, que le estaba salvando de la muerte. Lo miró fijamente y descubrió una humildad que jamás había sentido en su vida-. Mis tropas invadieron Leningrado, pero fue un error. El invierno nos está matando. He huído del hambre y el horror. Mi vida es más valiosa. Le agradezco que intente salvarme, pero si va a denunciarme…

-¿Por quién me ha tomado? ¡Soy un hombre de Dios! –Likov se levantó, iracundo–. Todo ser tiene derecho a ser  amado y a vivir. Usted ha elegido ese camino. Usted también es un hombre de Dios. Prefirió no matar para vivir. Una decisión cobarde la de desertar, quizá, pero a partir de hoy nunca volverá a levantar un arma contra un semejante. Que Dios le bendiga, soldado –y diciendo esto, volvió a sentarse, atusándose la barba.

-Rüdiger, továrisch. Ese es mi nombre –se hizo un silencio pacífico, como si los dos hombres hubieran descargado toda su ira y la calma los venciera.

-Mi familia y yo vivíamos en Leningrado –comenzó a relatar Likov-. Mi hermano Piotr fue asesinado por nuestras creencias religiosas. Somos creyentes viejos, desligados de los ortodoxos. Difícilmente nos aceptan en sociedad. Tuve que elegir escapar con mi mujer una mañana en que la policía se aproximaba a interrogarnos. Escapamos por muy poco. Pero creemos que el resto de nuestras familias fue ejecutado –Anshl bajó la mirada y unas lágrimas asomaron en sus ojos irritados-. Y todo en nombre de Dios…

Entonces Rüdiger recordó a un joven soldado español que fue destinado a apoyar las tropas alemanas en el sitio de Leningrado. Formaba parte de la División Azul franquista. El jovenzuelo, pese a todo, sonreía a diario, a pesar de las muertes de sus compañeros, del hambre, de las fiebres y las diarreas que mermaban su salud. La vitalidad de aquel muchacho, pensó, le otorgó fuerzas para seguir. Había, no obstante, algo en la vida que hacía que mereciese ser vivida…

-Mi gente está matando a la suya –irrumpió Rüdiger, con palabras apresuradas-. El Tercer Reich se alza y un nuevo imperio brillará bajo el Sol, por la gloria del Führer.

-Továrisch Rüdiger –dijo Likov-. No sé quién es ese Führer del que habla, ni la guerra que ha mencionado. Llevamos muchos años viviendo en este lugar. Mis hijos nacieron en la paz del verano de estos bosques y nunca hemos oído ni visto nada desde la Gran Guerra. Solo estamos mi familia y Dios. Ningún hombre vivo ha pisado nunca estas tierras. No debe tener miedo, sea feliz.

-Me iré cuando amanezca. Y le aseguro que, allá donde vaya, no volveré a matar. Dígame, ¿dónde nos encontramos? Necesito orientarme.

-Hace cinco años salí de estas lindes. Encontré algunos pueblos a mucha distancia de aquí. Por eso puedo decirle que estamos en la taiga siberiana –para Rüdiger esa información era incompleta.

-Mire, solo necesito saber si Leningrado queda lo bastante lejos.

-¿Lejos de Leningrado? Todo lo lejos que podría desear. ¿Puede explicarme cómo, en su estado, ha recorrido más de tres mil millas en pocos días, a la intemperie, sin comer ni dormir? No me mire así, le digo la verdad, así que sea usted sincero conmigo. Ahí fuera hay lobos y bestias. El frío siberiano es inhumano. Los vurdalak están al acecho. Usted me está mintiendo.

La mente de Rüdiger era difusa. Tras la pequeña ventana el viento se había levantado y la espesura del bosque no permitía ver más allá de unos cuantos pies de distancia. La Luna Llena seguía coronando el cielo con su luz clara, diáfana, en una noche estrellada y hermosa. De Leningrado al centro de la URSS, un viaje borrado de su memoria. ¿Podía creer a ese hombre piadoso, eran verdaderas sus palabras? Recordó que el silencio de la taiga aportaba pruebas de que la guerra que se libraba en media Europa quedaba tan lejos, a medio mundo, que sí era posible. Pero ¿cómo había logrado atravesar miles de millas saliendo ileso?

-Duerma un poco. Mañana hablaremos y quizá recuerde todo –le aconsejó Likov.

Rüdiger se tumbó en el lecho, junto al fuego, y seguidamente se escondió entre las mantas de gruesa lana. Likov apagó los candiles –uno sobre la chimenea, otro junto al hornillo-, y se sentó en una silla, cubriéndose con lo que se parecían pieles de reno. El desafortunado soldado quedó mirando a la nada, sumido en pensamientos nada reales.

Cerrando los ojos, procuró abandonarse al sueño de un Morfeo cruel y monstruoso. Pero en sus delirios recordó el espeluznante encuentro con un huargo terriblemente gigantesco, de pelaje lanoso y blanco como la nieve que le observaba desde una meseta cercana, siempre con la Luna acechando. De entre sus fauces borboteaba una baba sanguinolenta, roja, tan espesa como el brillo de sus ojos. Dando un salto sobrenatural, llegó a los pies de Rüdiger, cayendo con furia sobre las patas. Alzó su horrible cabeza, parpadeó… y movió la cola. De pronto, la enorme masa lupina emitió unos cariñosos sonidos, como un perro buscando calor humano, y comenzó a lamerle la mano. La voracidad del monstruo desapareció y Rüdiger, temeroso, acercó la mano al animal, acariciándole el hocico, primero, y la cabeza después. Tal mansedumbre le sorprendió pero acabó aceptando a su nuevo compañero. Como gesto de triunfo, amor, o quién supiera, el huargo aulló tan fuerte que los árboles del bosque se agitaron violentamente, tal como si una ventisca descomunal atravesara la taiga. Rüdiger imitó al huargo alzando la vista al cielo y lanzando un bramido sobrecogedor incluso para él. El sonido de su garganta ululaba como una bestia surgida del mismo infierno hasta que la presión del grito en las cuerdas vocales le apartó de aquellos pensamientos.

Tenía los miembros entumecidos. Se abrazó el tronco sin suerte, seguía sintiendo el gélido viento siberiano emanando desde el interior de su propio cuerpo. El tacto de su piel le pareció rugoso y áspero, desagradable. A su alrededor, la oscuridad de la izbá era cortada por un tajo de luz de luna atravesando el cristal de la ventana. Casi ni sentía los latidos de su corazón. Rüdiger, con la desesperación recorriendo todo su cuerpo, escuchó crujir los huesos al levantarse del lecho y advirtió una sed insaciable. La lengua le raspaba como piedra pómez y una rabia invadió su templanza. Olfateó el aire dirigiendo la mirada hacia el rincón donde Lykov dormía en su silla. Entonces, puso en marcha sus pasos hacia él en el momento en que su mirada tropezó con un pequeño espejo sobre el hornillo, que quedaba, a su vista, a la derecha de su anfitrión.

Era su rostro reflejado, más parecía envejecido, pues los ojos, saltones y amarillentos, salían hinchados del rostro quebrado y mortecino. Entre los labios ya no encontró dientes, pero sí colmillos irregulares, afilados. El aspecto de su pelo no podía ser más deplorable, de un blanco ceniciento que envejecía su terrorífica faz, en la cual posó sus manos para asegurarse de que no era él. Sin embargo, comprobó que ningún otro ser más que él se encontraba delante del espejo. Observó las manos, huesudas, acabadas en uñas tan largas como una navaja oxidada.

-¡Vurdalak! –la voz de Anshl Lykov resonó con un eco turbador.

Rüdiger se volvió a su anfitrión, cuya figura era contorneada por las sombras.

-¿Qué me has hecho, maldito? ¡Mira en qué me he convertido! –exclamó Rüdiger con furia.

-Tovarisch -replicó Lykov-, Dios así lo ha querido. Seguramente fue usted mordido por un vurdalak mientras escapaba de sus compatriotas en Leningrado. La taiga está poblada de decenas de esos seres, acechando a las familias campesinas o regresando de sus tumbas. Apenas se acuerda usted de nada porque su cuerpo cambiaba al tiempo que perdía la humanidad, hasta que llegó aquí. Pero no todos los que son mordidos por vurdalaks acaban siendo vampiros. Algunos mueren. Ahora que lo sabe, váyase o será enviado a las tinieblas –y al decir esto, Lykov, dando dos pasos a su derecha, situó su cara en pleno rayo de luna.

El aspecto del hombre ya no era del piadoso campesino que se esforzaba por salvar la vida a un moribundo soldado nazi. Su piel era más pálida, de tacto reseco, tirante. Los labios habían adquirido un tono violáceo, envolviendo unas mandíbulas color vino. Emergían de ellas dos finos colmillos que relucían en una sonrisa calmada.

-¿Quién eres? ¿Acaso todo el mundo aquí es un monstruo? -exclamó, confundido, Rüdiger.

-No soy como tú, si es a lo que te refieres. Soy un upir –la voz del hombre sonaba ronca pero muy humana, al fin y al cabo-. Un vampiro diferente. De aquí a unos instantes te sobrevendrá una imperiosa sed de sangre, pero no dejaré que asesines a mi familia. Te estoy dando una oportunidad, vurdalak.

Rüdiger rugió y golpeó una mesa que se encontraba cerca de él arrancando una de las patas, que partió en dos para convertirla en estaca.

-¿Un vampiro que cree en Dios? –amenazó a Lykov con la estaca. Los sonidos guturales que arrancaban de su garganta avisaban al enemigo de que no estaba dispuesto a perdonarle la vida–. Con esta estaca, maldito príncipe de las tinieblas, acabaré con tu existencia y tú y tu familia me alimentaréis.

-Si no luchas en una vida plagada de peligros, es que no mereces vivir –manifestó el campesino.

Al acabar esas palabras, Rüdiger se lanzó sobre Lykov alzando la garra que tenía libre para despellejarle el cuello y poner a su disposición la sangre que necesitaba, mientras que la garra con al que sujetaba la estaca buscaba firmemente el corazón de Lykov, quien aparentaba menos ferocidad, y esa fue, posiblemente, la ventaja del campesino, ignorando Rüdiger que el upir poseía otras facultades. Ya ambos en el suelo, con Rüdiger sobre Lykov, el upir abrió la boca que ya no parecía humana, sino un abismo de brillantes clavos que iba expandiéndose flexiblemente hasta una anchura con la que podía tragar una cabeza humana. En lugar de eso, Lykov asestó a su enemigo un colosal mordisco en el pecho, lo que ocasionó que estallara sangre a borbotones. El vurdalak hizo retumbar la izbá con un conmovedor bramido, tan agudo que los cristales de las ventanas reventaron a pedazos invitando al viento y la nieve a penetrar en el cálido hogar, ahora escenario de una batalla de ultratumba.

Lykov bebía la sangre de Rüdiger mientras a éste le abandonaban las fuerzas. Su cuerpo, aún agitándose, fue retirado al suelo por el upir. Miró al vurdalak, su pecho destrozado, gimoteando como un animal moribundo.

-Dios no te juzgará –espetó Lykov-. A mí tampoco.

Diciendo esto, el upir, persingándose con los dedos índice y corazón, murmuró una plegaria al tiempo que arrancaba el corazón, ya reseco, del soldado, y, como si de un acto rutinario se tratara, lo devoró en segundos, acariciado su rostro por la Luna y el viento gélido que depositaba en su barba copos de nieve pequeños, suaves, cristalinos. Con la mano limpia cerró los ojos a su víctima y lloró.

-Que Dios te bendiga.

Tras la puerta de la habitación, levemente entornada, asomaba la ojerosa mirada de la madre, Masha, junto con los pequeños. Permanecieron en esa posición unos instantes y, después , cerraron la puerta para continuar su sueño.

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