‘No son más que Ratas’. Por Marcos A. Palacios

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La viuda Hameln perdió tanto la dignidad que dejaron de llamarla señora. Ni ella misma conocía su propia edad, pero era fácil adivinarlo por su piel arrugada que parecía cera derretida de la cabeza a los pies. Los párpados casi le tapaban los pequeños ojos acuosos que vigilaban todo con palpable ingenuidad sin perder detalle.

En la tienda heredada de su difunto marido hacía lo mismo. Cuando entraban los clientes a por sus golosinas, la viuda Hameln, disimuladamente y haciendo gala interna de sus dotes de memoria fotográfica, realizaba un exhaustivo estudio de la persona que tenía ante ella mientras, ignorante de ser objeto de análisis, realizaba sus compras, echaba un vistazo a algo nuevo que había llegado de Alemania o buscaba en su monedero en el momento de pagar.

La viuda los conocía a todos en el pueblo. Conocía sus miedos, sus manías, pecados y virtudes; si mentían, si ese era un mal día, si arrastraban una pena… como una araña reteniendo a sus presas hacía suyas las vidas de sus vecinos. Pero a quien más trato profesaba era a los niños. Por esa razón guardaba lo mejor para ellos cuando, cercana la época navideña, los sorprendía con nuevos y sabrosos manjares típicos de su país. Ricos bizcochos, jugosos dulces que no tenían comparación alguna con las reinas de su tienda: las galletas especiadas que más gustaban a las criaturas. Se llamaban Spekulatius, de tradición alemana y otros países del norte europeo. Este año, la viuda Hameln las había cocinado ella misma, con amor e inmenso cariño, a sus niños.

Los pequeños correspondían su pasión con algarabías y abrazos, algo que no gustaba a sus padres, desconfiados por tal afecto desmesurado a una mujer ruinosa y solitaria, y solo a veces les increpaban. Después de todo, ella no hacía daño a nadie con su silencioso aspecto descuidado, el perfume a azúcar glass y a horno que la envolvía en la más humilde existencia.

Una excepción importante eran cuatro niños, casi adolescentes, de carácter irascible y violento que disfrutaban robando sus golosinas a la viuda Hameln. Ella callaba, consciente y perdonándoles con una blanda sonrisa. Los demás chicos lo sabían y los marginaban, pues no aprobaban tal comportamiento para con una persona mayor que lo único que hacía era endulzarles sus días de juegos. Unos días en que la desgracia, anticipándose a la Navidad, se apoderaba de la tienda de la viuda Hameln con una plaga de ratas.

Sucias y asquerosas ratas que en poco tiempo extendieron sus madrigueras con numerosas camadas que decoraron el pueblo con infecciones, ruiditos y crías chillonas que, al igual los gamberretes que acosaban a la viuda Hameln correteaban incesantemente royendo todo lo que encontraban a su paso en alhacenas, despensas, cocinas y la tienda del difunto Hameln, el foco de la peste, víctima del expolio de decenas de roedores. Algunos comparaban a la anciana con las propias ratas, o alegaban que era culpa suya que el pueblo se encontrara en tales condiciones de insalubridad en unas fechas tan señaladas. Clausuraron la tienda, prohibieron a los niños acercarse bajo ningún motivo y se apresuraron a buscar una solución lo más rápida y fulminante posible.

El exterminador, un hombre oscuro, rebozado con una piel que parecía más bien coraza, se encargó de la desratización del pueblo, aplicando sus productos sobre todo en la tienda de la viuda Hameln, la cual ofrecía últimamente una imagen de suciedad, abandono y arcana decrepitud en la misma línea de su dueña. La pobre anciana se veía despojada de su vida. Pero también de sus recuerdos a pesar de ser algo momentáneo. Abandonó su tienda, que también era su casa, para guarecerse en otro lugar, pero nadie la vio marcharse, no era tan importante como deshacerse de aquella plaga siniestra de invasores peludos y emisores de agudos aullidos. Sin embargo, tras varios intentos, y aunque las ratas desaparecieron del pueblo, no lo hicieron de la tienda de la viuda Hameln, de donde parecía que no querían salir apenas y solo se las podía ver merodeando la puerta unos metros alrededor. El interior de la tienda exhalaba aromas pestilentes y rancios, dado que muchas ratas debieron perecer en la batida, y el 23 de diciembre, día en que la toxicidad raticida era mínima, los vecinos la abrieron para poner orden y limpieza a aquel templo de horror y suciedad y con el ánimo puesto en reprochar a la viuda Hameln las molestias por la labor ofrecida, en pos del pueblo y de todos los vecinos.

Lo que encontraron no dejó de asombrar ni al más anciano que encabezaba la tropa. Ningún rincón se veía libre de montones de roedores cuyo pelaje ceniciento parecía palpitar sobre estanterías polvorientas, mostradores, sacos de galletas que bullían incisivos gritos… y el olor… ese olor a vida putrefacta que se movía como un solo ser por toda la tienda.

No demoraron más la decisión de acabar por las malas con la sobrenatural amenaza. Los vecinos, unidos y armados de combustible, rociaron la tienda y prendieron fuego desde el exterior hasta que, ya anocheciendo, las llamas consumían los cimientos de aquel abobinable hogar de diablillos reptantes y chillones. Sus cuerpecitos, como almas condenadas en el infierno, ardían y se golpeaban entre sí intentando huir de su terrorífico final, auténticamente agónico, hasta que comenzó el albor de la mañana de Nochebuena, cuando los restos de la tienda de la viuda Hameln humeaban entre la primera nevada invernal.

Cuando las autoridades limpiaron la tienda y la vivienda de la desaparecida anciana, les llevó varias horas deshacerse de todas las ratas y desperdicios allí acumulados. El espectáculo se hacía horrible para muchos de los vecinos, que deseaban que acabara para siempre aquel cúmulo de desgracias sobre el pueblo. El pequeño edificio fue demolido finalmente, no tenía solución ni sentido mantenerlo o remodelarlo. El recuerdo de la pesadilla de las ratas debía desvanecerse rápidamente para que todas las familias del pueblo celebraran la Nochebuena en paz y armonía.

Toda la felicidad de aquellas Navidades se reflejaba en las casas de las familias del pueblo, preferentemente en los niños, ilusionados con la visita, durante la madrugada, de Papá Noel. Soñaban con sus juguetes, libertados ya de las ratas acechantes. Pero todos, todos los niños del pueblo, se despertaron en mitad de la noche acariciados por suaves aromas especiados. El olor a canela y cardamomo, unidos a la calidez del típico regusto a horno de leña, era irresistible. Uno a uno se encontraron en las calles del pueblo, acurrucados entre sus batines y orejeras, caminando sobre la nieve como hipnotizados por el dulce olor que tan bien conocían. Una vez reunidos en la puerta de la iglesia, sus miradas se helaron de felicidad al contemplar cómo la viuda Hameln les invitaba a pasar para degustar su regalo navideño. Cerca del altar y dispuestas a modo de banquete, sobre una mesa con mantel decorado de motivos navideños, enormes fuentes de galletas, las Spekulatius, se amontonaban recién horneadas para disfrute de los pequeños que no tardaron en lanzarse a los brazos de la maternal viuda Hameln, nuevamente feliz por brindar aquel momento de entrañable sabor a sus más tiernos amigos. Dispuestos los niños a la mesa, la viuda Hameln marchó a la sacristía para redondear su regalo de Navidad añadiendo una gran cacerola de chocolate caliente que pronto se convirtió en el deleite de todos los allí presentes.

La anciana, renovado su aspecto y recobrada la vitalidad de su sonrisa, los pómulos enrojecidos de enérgica salud, contemplaba satisfecha la escena, cómo los niños comían sus Spekulatius, saboreaban el chocolate con ávido apetito y emoción, para caer fulminados al suelo, tiesos como ratas, entre espasmos de dolor y vomitando espumarajos de la boca y, finalmente, formar una montaña de pequeños restos humanos que bordeaban el banquete con los rostros desencajados de dolor por la ingesta de los envenenados alimentos. La viuda Hameln reía cada vez más fuerte, su boca se abría hasta que las carcajadas se convirtieron en gárgaras agónicas, un ruido que fluía tenebrosamente desde su interior que ya no parecía humano, sino de una legión de espantosas ratas que aparecieron asomando sus hocicos por su boca y rompieron a escapar de su pequeña prisión cuando nada, ni carne ni huesos, quedaba ya de la anciana. Tan solo ratas y más ratas que devoraban los cadáveres de los niños del pueblo, así como ellos habían engullido minutos antes los manjares navideños.

FIN

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