El misterio del envío devuelto al remitente

No es, ni mucho menos, un relato, ni un testimonio… bueno, esto último quizá. Pero el caso es, que cuando me detuve a pensar en lo sucedido, decidí tomármelo algo más en serio. Puede que no haya resuelto este misterio, pero a muchos les entretendrá leer lo acaecido con un envío que estuve esperando muchos días y finalmente recibí. Lean lo que pasó y en qué circunstancias…

EL MISTERIO DEL ENVÍO DEVUELTO AL REMITENTE

Por Marcos A. Palacios

Un día previo a la temporada navideña barajé la posibilidad de autoregalarme un libro que hacía tiempo deseaba tener pero se encuentra descatalogado hace años. Lo encontré en una web de segunda mano. Hoy me replanteo no volver a pedir nada por correo.

Todavía no he dado con la clave del misterio que azuza a mi razón con tal desconfianza en las personas como en la duda que ha generado este mismo misterio. Mientras sostengo el libro en cuestión entre mis manos, lo leo y repito una y otra vez el dulce ritual de tomarlo de la estantería y volver a colocarlo en su sitio después de deleitarme en su lectura ociosa. El caso, sencillo en sí mismo, trasciende mi paciencia cuando lo recuerdo. Por otra parte, la duda y la incertidumbre sobre lo realmente ocurrido me insta a darle vueltas al asunto, sin que se vislumbre una solución satisfactoria. Así caigo en un círculo vicioso que no me lleva a concesión de paz alguna.

Era de noche cuando encontré en una web de segunda mano, y a buen precio, ‘La Enciclopedia Galáctica’ basada en extractos de Isaac Asimov, edición de Círculo de Lectores y compilado por Alejo Cuervo. Se trata de una edición dificilísima de encontrar y a precios elevados. El vendedor tenía muy buenas valoraciones en la web, buenas y muchas. Confié, tal como se suele hacer en estos casos, y le pedí por mensaje que me indicara el precio del envío certificado. No tardó en contestar. Era una suerte que estuviera conectado a esas horas intempestivas, por lo que, conforme con las cifras, accedí a realizar y formalizar la compra y el pedido, al tiempo que le pedía el importe total y la cuenta donde realizar el ingreso lo antes posible.

De nuevo no tardó en enviarme los datos precisos y en el mismo instante realicé el pago, que posiblemente tendría en su cuenta después del fin de semana, ya que era viernes. No hallaba ningún impedimento para que las formalidades no se cumplieran como era debido. Además, el vendedor ya anunciaba en sus artículos que la compra llegaba a casa diez días máximo después de recibir el dinero. Hasta ahí todo bien, salvo que recordé que la dirección facilitada no era donde residía en ese momento, y cambié mis datos de la cuenta online para, después, mandarle un nuevo mensaje con la dirección correcta. Pese a que mi nombre no figuraba en el buzón, pues vivo en una habitación alquilada, los datos serían correctamente interpretados por el cartero.

Pasó esa semana en la que recibió el dinero -supuse, no tuve confirmación-, y sobre el octavo día laboral después de haberlo recibido, continuaba sin tener noticias del vendedor. Contacté y tardó otros pocos días en contestarme: el envío se había efectuado. Le pedí el número de seguimiento pero no obtuve respuesta, algo que no me agradó. No me gusta hacer preguntas y recibir silencio como contestación. Pero dejé pasar el fin de semana.

A mitad de la otra semana seguía sin recibir nada. Pregunté al vendedor si había puesto la dirección correcta, en caso de que por mi despiste hubiera mandado el libro a la antigua, donde no había nadie, y además era otra ciudad. Me contestó, por fin, que todo iba bien. Que debería haber recibido el libro por los días transcurridos desde que él depositó el paquete en correos. Volví a confiar en sus palabras. ¿Qué motivo podría moverle a engañarme? Pero me estaba impacientando. Sus silencios prolongados, su omisión del número del seguimiento… razones que perturbaban mi sentido común. Deseaba tanto mi libro que la incertidumbre resultaba desastrosa para mi carácter impaciente. Mantuve la razón.

Días después, sin saber nada todavía, le volví a preguntar, pero otra vez el apartado de mensajes personales de la web no me devolvía respuesta alguna. Imaginé al vendedor con el libro de ‘La Enciclopedia Galáctica’ en una mano y el dinero que le pagué por los gastos de envío y el mismo libro en otra, riendo ante el engaño. No. Debía haber otra razón más que la simple tomadura de pelo.

Mientras, mi mente se encaminaba a pensamientos nada convencionales, sentía impulsos de mandarle un mensaje que pudiera, finalmente, contestar debido a su contenido, y decirle que anulaba la venta, o si me estaba engañando. No saber lo que ocurría por sus silencios no ayudaba en nada. “La culpa es mía”, pensé. Seguramente confundí al vendedor con la dirección y no lo quiere reconocer. Pero resultaba una hipótesis ilógica.

Una mañana de viernes recibí un mensaje del señor vendedor. El libro había sido devuelto a sus manos. Según me comentaba, el cartero había anotado que el destinatario era desconocido y no figuraba en el buzón. La sangre me hervía desconsolada a través de todo el cuerpo concentrándose con furia en mi cabeza. ¿De quién era la culpa? Cargué contra el cartero, contra el servicio de correos… Consulté desesperadamente a conocidos y amigos que sabían de las normas en la empresa. Todos me decían lo mismo. Aunque el nombre no figurara en el buzón, si la dirección era correcta el cartero estaba obligado a entregar el envío.

En ningún momento tuve el número de seguimiento. Eso me hacía sospechar. “Me está engañando”, pensé dolido. No contento con las explicaciones, fui a la oficina de mi zona. Allí, de malas formas, me aseguraron que si se devolvió el envío sería porque la dirección no estaba completa y faltaba algún dato, principalmente el piso y la puerta de la vivienda. El vendedor me aseguraba encarecidamente que el cartero había entrado al edificio según le habían informado por teléfono. ¿Quién mentía? ¿Qué había ocurrido?

Recibí el número de seguimiento después de una conversación desconsolada por mensajes de la web con el vendedor. Ya no figuraba información en la base de datos de correos. ¿Era falso? ¿Lo habían desabilitado al haber sido el envío devuelto al remitente? Propuse la devolución del importe del libro, más no del envío, ya que no tenía garantías de saber exactamente qué había pasado. El vendedor era muy dejado y tardaba en contestar, omitía información… todo apuntaba a que, por alguna razón, este señor me ocultaba algo. Y siempre había una excusa para no informarme a tiempo, o la información aportada no servía de nada.

Una y otra vez el vendedor me instaba a continuar con la transacción, alegando que por algo menos de dinero me lo enviaba por mensajería privada. Pero ya sería pagar más. No me pareció una solución conveniente. Pese a no ser culpa mía, en todo caso, que el libro lo tuviera él de vuelta a sus manos, al menos, como gesto por lo ocurrido, debería rebajarme algo esos gastos. Digamos, mojarse en el asunto él también. Tampoco pretendía que me lo enviara gratis, dado que él, en apariencia, no tenía la culpa. Pero dejé pasar otro fin de semana para pensármelo y que se calmara mi ira, no sin antes insistirle en que reclamara a correos el importe del envío devuelto, pues sin duda la culpa era del cartero a juzgar por la información recibida.

Ya calmado pero plenamente frustrado, accedí a un nuevo envío por mensajería privada. Ingresé cuatro euros más en la cuenta del vendedor, reiterando la dirección. Me contestó que la mensajería se aseguraba de entregar personalmente en puerta el envío. Así es como debería haber sucedido en correos. El cartero, atendiendo su trabajo, como mínimo debería haber comprobado quién residía en el domicilio indicado. Después de todo, sin el DNI no podía haber entregado el libro a alguien que no fuese yo.

El mismo viernes de esa semana -ya habían transcurrido al menos cuatro desde que inicié el proceso de compra- aún no tenía nada en casa. Según el vendedor, ese mismo día lo recibiría. Pero como ya lo tenía en el punto de mira me encontraba en una situación de desconfinaza total por mi parte. Hasta el momento únicamente había tenido noticias de lo sucedido por su parte, sin datos oficiales. A pesar de las valoraciones positivas, algo iba mal, y yo lo sabía. Pasara lo que pasara, no iba a salirse con la suya. Había medios formales para reclamar a través de la web, que actuaría de intermedidadora, en caso de litigios y enfrentamientos. Y por supuesto, las valoraciones negativas, de las que no podía escapar.

Recibí, inesperadamente, un mensaje del vendedor, alegando que el libro me llegaría a más tardar el viernes, y que dentro había otro sobre con los cuatro euros del envío. Se lo había pensado y había decidido no reclamar el dinero a correos porque era un proceso incómodo. Eso me hizo pensar en su culpabilidad. Pero ¿qué pruebas tenía yo?

Le escribí porque por la tarde aún no había recibido mi libro. Esperando una respuesta, que seguramente no tendría hasta pasados unos días, me acosté la siesta, desesperanzado y casi odiando el libro. Al despertar más tarde encontré el paquete de una mensajería privada junto a mi mesita. Alguno de los compañeros del piso lo habría dejado allí mientras dormía. ¡Lo habían entregado, y sin asegurarse del DNI! Comprobé que el remitente era mi señor vendedor. ¿Podría ser que tuviera, por fin, mi ansiado libro? Olvidaría todas las vicisitudes, daría todos los interrogantes del mundo y quedarme sin saber lo que ocurrió realmente con el envío devuelto al remitente solo por tener en mis manos mi ansiado tesoro.

Abrí el sobre de plástico de la mensajería. Dentro había otro sobre, este de papel acolchado. Y dentro de ese sobre… mi libro. ‘La Enciclopedia Galáctica’. El vendedor no me había timado, al menos en parte. El libro no tenía solo las marcas de uso normal. Estaba algo tocado por manipulación poco cuidadosa. No me gustó la imagen que presentaban las tapas, y algunas páginas amarillentas y arrugadas. Pero por el precio que me había costado dejé todos esos detalles a un lado. También encontré en otro sobrecito pequeño los cuatro euros. El vendedor había cumplido.

Observé el sobre acolchado, probablemente el mismo que usó el vendedor para el primer envío. Llevaba una pegatina de correos con la dirección del domicilio y mi nombre. También estaba escrito a mano. Todo era correcto. Detrás alguien había escrito “Destinatario desconocido”. Pero ya no importaba. Daba lo mismo que el cartero actuara mal. Tenía mi libro por el precio inicial del envío. Todo había acabado satisfactoriamente.

Quise conservar el sobre acolchado unos días a modo de recordatorio por la odisea para conseguir el libro y sentir más satisfacción. Pero un día observé algo que me intrigó sobremanera. Algo en el sobre no estaba bien. Ya tenía mi libro pero mi mente inquieta hizo saltar una alarma. En la etiqueta de correos donde figuraba la dirección, no aparecían el piso y la puerta… miré la dirección puesta a mano. Sí que aparecía. Entonces no había que temer. Realmente la dirección era correcta. Pero el cartero se fijó donde no debía. ¿Fue eso lo que sucedió?

Pero más allá de elucubraciones que ya no tenían importancia, había algo más. Algo que podría dar un rumbo hacia una explicación convincente. Sin pruebas palpables sería inútil formular una teoría que diera sentido completo al suceso. Lo vi fortuitamente, a simple vista era imposible fijarse bien. La dirección escrita a mano era la correcta, sí. Pero dio la casualidad que en otra ocasión, con el sobre en la mano, la luz del techo reflejaba en la tinta. ¡Cómo no me había dado cuenta antes! La tinta de los datos era diferente en el nombre, calle y código postal a la tinta del piso y la puerta. El tono del azul del bolígrafo se veía diferente. En una parte era oscuro, en la otra más fino y claro, más eléctrico. Por no decir que los números no seguían la misma alineación que el nombre de la calle. ¡Habían sido escritos en otro momento posterior con otro bolígrafo!

Ahora me asaltaba la duda. Justo cuando ya me había olvidado de todo. Aquel hecho fortuíto desató en mi psique la teoría más plausible para lo sucedido. Yo entregué al vendedor la dirección completa correcta, no había duda. Él la escribió incorrecta. Él o quien fuera. En el sobre omitió por despiste el piso y la puerta. Lo llevó a correos y le pusieron la etiqueta según la dirección que aportó. El envío salió y llegando a mi edificio el cartero, al no ver a qué piso y puerta iba dirigido, y figurando un nombre que no se encontraba en ningún buzón, regresó el paquete a la oficina para ser devuelto al remitente. Una vez en su casa, el vendedor vio que había escrito mal la dirección, y apeló al mal hacer del cartero.

Cuando decidí pedirle un nuevo envío, en lugar de abrir el sobre acolchado lo dejó tal cual añadiendo, para disimular, el piso y la puerta en la dirección escrita a mano. Pero olvidó, o no se dio cuenta, que en la pegatina también figuraba sin esos dos datos. Así que metió el sobre original en el de la mensajería privada, y así llegó a mis manos, junto con los cuatro euros últimos que pagué porque el vendedor sentía culpabilidad al haber escrito mal la dirección. Yo, al comprobar el sobre de correos, vería la dirección correcta escrita a mano, y seguiría echando la culpa al cartero y pensaría que el vendedor era una persona honesta -de hecho lo fue, sin lugar a dudas, pero porque no tenía más remedio- al correr con los gastos que no debía.

Y de este modo todo quedaría oculto en una terrible confusión del cartero y la imagen del vendedor seguiría intachable. Podría haber otras razones para explicar la diferencia de tinta en la dirección, pero rizar más el rizo no entra dentro de las posibilidades barajadas. Yo tengo mi libro, el vendedor ha salido impune salvo por esos cuatro euros perdonados. Y yo continuaré toda la vida intrigado por este suceso sin saber exactamente si todo fue tal como creo y como explican las pistas marcadas.

Ahora bien. Al contrario de como debería ser por costumbre, el vendedor no me valoró en la cuenta de la web cuando pagué. Y por primera vez, yo no envié mi valoración al recibir el pedido. Dejémoslo así.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s