Me pillaron con un libro en las manos

Leo y escribo desde pequeño. No me acuerdo cuándo empezó. Podría teorizar durante mucho tiempo guiado solo con recuerdos que parecen claros, pero faltan aquellos que siguen tras un velo de duda. Recordar algo de la niñez a mi edad resulta ambiguo. No todo lo que recuerdas pasó tal como crees. Las impresiones cambian. Lo bonito se torna feo, lo increíble, absurdo. Pero existen hechos intocables en la memoria.

No voy a disertar sobre la “necesidad” o el “porqué” de la literatura. No lo necesito y hay demasiado escrito sobre el tema. Como ya comenté en algunos otros artículos, y tal como titulo éste que estáis leyendo, “la vida me pilló con un libro en las manos”. También podría titularse por necesidad, al estilo de un episodio de anime japonés:

ME PILLARON CON UN LIBRO EN LAS MANOS. LA HISTORIA DE CUÁNDO EMPECÉ A LEER Y ESCRIBIR. BREVE DIARIO DE UN ESCRITOR PRECOZ Y TARDÍO

Y es que lo primero que recuerdo es que en 1º o 2º de EGB escribía mis versiones de cuentos infantiles. Incluso los ilustraba. No sé con qué calidad, desconozco su paradero. Pero una profesora que los leía se asombraba con ellos. Creo que lo hacía porque adoraba a los niños, no por engañarme. Lo siguiente que recuerdo -parece que pasaban solo días, lo cierto es que los recuerdos de niñez se caracterizan por su intemporalidad- es que tenía mi cuarto lleno de cómics, cuentos… Ya sabéis, ‘Don Miki’, ‘Mortadelo y Filemón’, ‘Zipi y Zape’ -ya fueran álbumes o las revistas mixtas que se publicaban- y un montón de cuentos de diversas clases. Hablaré de ellos más adelante, pues hace relativamente poco tiempo que he recuperado gran parte de todo ese material que si bien se cotiza por lo alto en las esferas especuladoras de los amantes de lo retro, más valor sentimental tienen para mí.

Formaba una biblioteca y trasportaba los ejemplares a diversas partes de casa, enumerados. Los contemplaba, todos juntos, sintiéndome orgulloso de ser su poseedor. Lo único que no podía manipular de igual forma eran las enciclopedias y diccionarios, que me pasaba horas ojeando y buscando información -en esos finales de la década de los 80 ya pensaba el porqué no habría una forma más rápida y compacta de encontrar información, algo así como el “teletexto” de la televisión-. Me leía, literalmente, las gramáticas de otras lenguas que venían resumidas; los apéndices sobre ciencia y geografía. Mi favorito y más completo era la enciclopedia Carroggio. El Larousse no me gustaba tanto, era más sencillo y con menos información. Luego estaban los tomos de Áreas, una enciclopedia didáctica por temas. No me asustaba ver esas páginas blancas repletas de letras y apenas con fotos. No tenía aún ni 12 años.

Con esto no quiero decir que fuera un prodigio ni un superdotado. Simplemente que la necesidad de saber y leer me llegaba tal cual, de dentro, sin planteármelo. Solo hacía lo que me gustaba. Un diccionario pequeño y recomendado en el colegio, el ITER Sopena, no podía faltar. En él me pasaba horas inmerso, repasando la relación de banderas de los países del mundo, observando las láminas de animales que hasta esos momentos ni sabía que existían La única pega es que era demasiado sencillo. Pero mis tebeos eran preferentes a todo lo demás. Sin embargo, tener una enciclopedia en mis manos significaba leer algo “correcto”, “adulto”.

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Y, por qué no, ya que alguna vez escribí cuentos, necesitaba volver a hacerlo. Pero los cómics ocuparon su lugar. Así que me inventé personajes basados en lo que ya conocía para entretenerme, durante unos pocos años -3 años más o menos-, y fue derivando en historias diferentes, las cuales algunas acabé y otras no. Poseo aún abundante material de esa época: historias de terror, seriales dramáticos, detectives, aventuras… Para ir más rápido, finalmente decidí escribirlas, y así completé libretas y libretas con ideas fantásticas limitadas a mi corto uso de razón y las influencias de la TV y el cine de aquellos años.

Como tenía que ser, dejé mi dedicación a medida que pasaba el tiempo. Pero las ideas siempre estaban ahí. Por esa razón conservé todo el material posible. Esa semilla continuaba germinando desde los primeros tiempos en que entraba a una papelería y me entusiasmaba el olor al papel y el material, ver esas libretas en blanco esperando a ser completadas; o en una librería, donde no dejaba de impresionarme ver colocados todos esos libros en orden de materias y cursos. Era un cosquilleo constante.

Uno de los aspectos más curiosos es que, como he dicho antes, me interesaba lo relacionado con lo adulto. Sí, lo infantil me aburría, me resultaba “tonto” -por emplear un término adecuado a lo que sentía-, una pérdida de tiempo. Y a veces me miraba yo mismo pensando en lo serio que era, en lo “poco niño” que parecía comportarme. Puede que en otros aspectos sí actuara acorde a mi edad, pero en lo referente a lo intelectual desaprobaba las chiquilladas que no me proporcionaban el placer que buscaba. Nunca me gustaron las canciones infantiles, ni que la información que recibiera tuviera un formato demasiado aniñado. Prefería revistas y libros con aire más formal.

Después de muchos años en blanco descubría que el interés crecía. Era la sed acumulada, a la que no le prestaba mucha atención y acabó por lanzarme al torrente. Durante el colegio conocí a Delibes y otras lecturas de “El Barco de Vapor”. No tienen nada que ver pero la mente de un niño en proceso de crecimiento es una esponja, esa variedad resultaba nutriente. Durante muchos años veía los libros de los mayores -los de 5º de EGB, cuando y cursaba 3º, o los de 8º cuando cursaba 6º- como una finalidad inmediata, ocasionando que me desilusionaran los libros que debía estudiar. Siempre quería ir más allá. El conocimiento de mi nivel me sabía a poco, me desesperaba y con el tiempo tuve que aguantarme. En el instituto descubrí verdaderas joyas que me marcaron, aunque la burbuja continuaba expandiéndose. Solo a partir de hace pocos años, la fusión del núcleo estalló. Me ahorraré lo que vino después.

La finalidad de esta historia, la mía propia, es sencilla: se trata de un breve ejemplo, como lo pueden ser tantos otros, de la formación de un lector. En mi caso surgió y ya desde uso de razón la necesidad estaba ahí. En pequeños regalos, en libros del colegio o el instituto, el interés y la curiosidad del día a día.


BREVE BIBLIOGRAFÍA DE LAS LECTURAS QUE ME INFLUYERON HASTA 1992

-Colección “El Barco de Vapor”:

‘El Secreto de la Arboleda’, Fernando Lalana.

‘Viento Salvaje de Verano’, Bo Carpelan.

‘De profesión fantasma’, Hubert Monteilhet.

‘Los osos de Ni-Se-Sabe’, László Varvasovszky.

-Lectura ‘Antos’, Anaya. 1º EGB. ‘El libro de Borja y Pancete’.

-Lectura ‘Antos’, Anaya. 2º EGB. ‘El niño que sabía leer’.

‘El maravilloso Gontrán’. Biblioteca RTVE-Marpol, Manuela Haba.

‘Don Blanquisucio’, Maria Luisa Seco.

-Los libros de Llengua Valenciana de 6º, 7º y 8º de EGB, ‘Pont’.

‘Rodatrucs i Fardatxet’ y siguientes, Llengua Valenciana, Ciclo medio EGB.

‘Alféizar’, lectura 5º EGB, Anaya. VVAA.


Y con este artículo comienzan las vacaciones en esta Biblioteca de los Malditos. Nos vemos en septiembre. Yo seguiré trabajando para que tengáis muchas cosas que leer a la vuelta.

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