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‘El Señor Lápida’, por Marcos A. Palacios

EL SEÑOR LÁPIDA

Por Marcos A. Palacios

Cuando Samuel decidió cambiar su primer apellido por el de Lápida, contaba con más de cuarenta años. Vivía solo en el barrio y tenía fama de avaro y ermitaño. Nadie lo tenía en cuenta cuando lo veían deambular por calles y parques como un marginado de la sociedad. El hombre cobijaba su desgracia en el camposanto de la ciudad, donde transcurrían sus días murmurando a esculturas y tumbas, susurrando en los rincones.

El camposanto no tenía guarda, hacía muchos años que murió el último. El Ayuntamiento tenía otros asuntos más importantes que atender, por lo que mientras el Señor Lápida organizaba el recinto y cuidaba de las flores no necesitarían sustituírlo. Él no hacía daño a nadie, solo estaba loco.

Ocurrió cuando era muy pequeño que Samuel desarrolló fobia al camposanto. En el entierro de su tía materna se encontraba en los brazos de su madre acariciándole las mejillas lagrimosas con parsimonia y delicadeza. Mientras los enterradores echaban tierra a la fosa, la mujer resbaló en el borde, blando y húmedo, pero su marido la agarró del brazo. Esto no evitó que el pobre niño cayera a la fosa cuando su madre lo soltó del susto. Samuel contemplaba a su familia desde la profundidad de la fosa, sus caras y las palas de los enterradores sobresalían en el rectángulo de luz sobre su cabeza, pero no los distinguía, solo veía sombras recortadas en el cielo plomizo. El olor de la tierra húmeda, la dureza del ataúd recorrían sus sentidos. Se vio incapaz de llorar. Tenía tres años.

Desde entonces no volvió a pisar el camposanto. Pero a los catorce años murió su perro mientras dormía. La tristeza y respeto que sentía por su único compañero le obsesionó hasta el punto de pedir a sus padres que lo enterraran en el camposanto como a cualquier otra persona difunta. Samuel se sintió capaz de entrar en su recinto prohibido para asistir al último adiós del perro en el sepelio organizado pese a las negativas del cura, en nada de acuerdo con la petición del muchacho. Nada que unos cuantos billetes de sus padres no pudieran solucionar.

Pero Samuel empezó a frecuentar el camposanto casi todos los días, pasaba horas cuidando con esmero la tumba del animal, hablaba y reía con él. Esta transformación, lejos de inquietar a sus padres, los alentó, pues significaba el fin de la animadversión y la ansiedad de su hijo. En los siguientes años se vieron obligados a enviar a Samuel a terminar sus estudios superiores en el extranjero, dado que la actitud del joven respecto a su costumbre de pasar horas en el camposanto no parecía terminar.

Regresó a la ciudad huérfano con un título universitario y varias rentas heredadas de sus padres, que le permitieron vivir sin trabajar, siendo su primera visita el camposanto, convertido en refugio diario como cuando era un muchacho. Mandó construir un panteón familiar sin olvidarse de su perro. Pronto el carácter se le tornó sombrío y reservado, la actitud ensimismada y el aspecto tan sucio como destartalado. En ocasiones, se le veía entrar al panteón y no salir de noche… ni de día.

Cuando ya era viejo nadie recordaba quién era Samuel Lápida, un adorno mortuorio más del camposanto. Algunos afirmaban que hablaba con los muertos, quienes le confesaban sus vidas y secretos como el sacerdote que no pudo escuchar en vida sus penitentes historias. Después del atardecer, se encerraba en el panteón familiar y, a solas, cenaba lo poco que podía comprar gracias a las limosnas de quienes visitaban el camposanto, dado que todo el dinero de la herencia y las rentas desapareció hacía demasiado tiempo. Muchos lo veían como el vigilante que décadas atrás vino a sustituir al anterior tras su muerte. En definitiva, su hogar ahora era el panteón, una edificación señorial, al estilo decimonónico y más propio de la burguesía ostentosa de épocas pasadas.

El Señor Lápida se había formado, con el paso de los años, su propia existencia alejada de la realidad social, ligada al plano de la otra vida, la del más allá. Su boca, por primera vez en muchos años, exclamaba frases sin sentido, posiblemente los muertos hablaban a través de él como una simbiosis de posesión permitida, semejante al bucle eterno que un evento del pasado repite sin cesar. Eran palabras de amor, de odio, de desconsuelo, de sacrificio y tormento, de paz y armonía, contenían rencor, o también celos, necesidades y hasta exhortaciones. Todo habitante del camposanto parecía vivir a través de la presencia del Señor Lápida.

Había ocasiones en que los visitantes huían despavoridos al ver al Señor Lápida rondar los nichos y tumbas. Al acercarse a ellos, el rostro del hombre adquiría facciones parecidas al del familiar visitado, incluyendo la voz, vehículo de sonidos ininteligibles. Por supuesto este hecho se convirtió rápidamente en una leyenda urbana sin fundamento ni aprobación, pero servía para alimentar viejos terrores del camposanto que había quedado obsoleto y fue sustituído por un nuevo cementerio cercano. Entonces, el viejo camposanto perdió la vitalidad de antaño, así como el Señor Lápida se consumía día a día en su fantasmal existencia.

Un día se celebró un sepelio y los familiares rechazaron el nuevo cementerio, y el Señor Lápida contempló la ceremonia escondido tras unos cipreses centenarios. Cuando hubo terminado el enterramiento, se coló entre los asistentes, y fue entonces cuando su rostro deforme tomó el brío y color del fallecido. Con la ira propia de un personaje shakespeariano y lanzando voces acusatorias, el Señor Lápida se dirigió a la afligida esposa acusándola de envenenamiento, detallando punto a punto cómo sucedió todo. El difunto era un acaudalado abogado muerto por enfermedad del corazón. A los pocos días, los herederos anunciaron la detención de la esposa después de que una investigación forense más profunda obtuviera los resultados confesados por el Señor Lápida. Ni el muerto ni familiares habían visto jamás al personaje siniestro que irrumpió en la ceremonia, y tampoco desearon volver a verlo.

Estos hechos avivaron aún más la leyenda urbana de un ser del otro mundo bautizado como la encarnación de Caronte bajo la apariencia de un justiciero moderno que, a cambio de las confesiones de los difuntos, éste les vengaba o terminaba los asuntos pendientes al morir. Lo cierto es que, al pasar los años, el Señor Lápida desapareció del camposanto, convertido ya en un despojo al que solo visitaban viejos centenarios y ancianas casi inmóviles en sus sillas de ruedas. Las hiedras y los matojos cubrían las sábanas musgosas de las lápidas y los caminos, mientras el panteón familiar de Samuel Lápida permanecía intacto. Una noche del último día de octubre un grupo de atrevidos vándalos penetró en la paz del camposanto para practicar juegos de magia y espiritismo, dañar las esculturas y mobiliario del recinto y practicar ritos satánicos. Contemplaron el panteón familiar de Samuel Lápida, quedando admirados por su estado de conservación.

Algunos de los allí presentes que pudieron escapar de la terrible escena que vivieron después, confesaron entre espasmos y llantos que intentaron entrar y fue imposible, nada consiguió que las puertas y verjas cedieran a las malas intenciones de los ingenuos chavales. En cierto momento, cuentan los testigos que un hombre de aspecto cadavérico apareció entre la neblina y les recriminó sus actos. El hombre tenía el pelo blanco y largo hasta los hombros, con barba de alambre y mirada hueca como abismos de una inmensa fosa común. Los miró y se quedaron quietos como las figuras angelicales del camposanto. Aquel espectro con más hueso que carne exhalaba cientos de voces de tiempos antiguos, de hombres y mujeres, reflejaba su rostro miles de caras de niños y ancianos, todas distintas, y los muchachos recibieron en sus cabezas, como golpes de forja, los nombres de todos los enterrados en el lugar que les gritaban su condena en una danza vertiginosa, provocándoles la muerte allí mismo como castigo por la profanación de su descanso y sosiego.

Los chicos que se mantenían más alejados corrieron y saltaron los muros del camposanto, no sin antes contemplar, con los ojos rojos de terror, cómo sus compañeros se levantaban lentamente y el viejo fantasma sin identidad ni voz les guiaba a pasar, uno a uno mientras lloraban de pavor y sufrimiento, al otro lado de la verja, al interior del panteón familiar de Samuel Lápida.

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